EL VIAJE A LONDRES
Primera Parte
LA LLEGADA
mi
nombre es luis y soy un esclavo propiedad de Mistress Ana de Sade.
Como
cada viernes desde hace año y medio acababa de tener una sesión con mi Ama y,
como siempre, una vez vestido me arrodillé ante Ella y llevé la frente al
suelo en solicitud de Su Permiso para marcharme. Pero ese día, mi Ama tenía
algo que decirme.
“Estoy
bastante satisfecha de tus progresos esclavo. Tanto, que he pensado incluirte en
el selecto grupo de siervos de entre los que escojo Mis acompañantes para los
viajes de fin de semana que, de tiempo en tiempo, realizo al extranjero.
Naturalmente el esclavo elegido debe hacerse cargo de todos los gastos,
incluidas las compras de vestuario y material que suelo hacer. Aunque podría,
no voy a obligarte a entrar en el grupo. Deberás hacerlo voluntariamente y
deberás decidirte ahora, porque no te lo volveré a ofrecer. Bien esclavo, ¿cuál
es tu respuesta?”
Con
la voz temblándome por la emoción ante el gran honor que mi Ama me dispensaba,
acerté a decir
“Mistress
Ama, le agradezco infinito que haya pensado en mí para incluirme en ese grupo.
Aunque no merezco ese privilegio, será para mí un orgullo acompañarla como
esclavo a donde Usted quiera”
“Bien,
esclavo. Dentro de tres semanas me acompañarás a Londres. Saldremos el viernes
por la tarde para volver el domingo por la noche. Viajo en Primera y me alojo en
Suites en hoteles de no menos de cuatro estrellas. Encárgate de las reservas.
Para la noche del sábado envíame una propuesta de actividades por e-mail para
“discutirla” en tu próxima visita. De la noche del viernes me ocupo yo.
Ahora puedes retirarte”
Henchido
de felicidad me encaminé a casa para empezar a preparar el viaje.
Las
reservas de avión no supusieron ningún problema. Para el alojamiento elegí el
Meridian Grosvernor donde reservé una Suite que incluía una habitación anexa
para alojamiento del servicio personal del ocupante, en la esperanza de que
Mistress Ana lo encontraría adecuado.
Para
la noche del sábado, sugerí entradas para Anything Goes, cena en Le Pont de la
Tour y una mesa en el Club de Su Elección, lo que mereció la aprobación de
Mistress Ana. Para la noche del viernes, mi Ama me informó que tenía una
sorpresa reservada.
Por
fin llegó el gran día. Para el traslado a Barajas, Mistress Ana decidió
utilizar mi coche, un A6 azul oscuro, que yo conduje adecuadamente uniformado.
Una vez en el aeropuerto, conservando mi uniforme, me hice cargo del equipaje de
mi Ama y, mientras Ella se dirigía a la sala de espera VIP, procedí a
facturarlo. Después, también yo me dirigí a la sala de espera para hacer
guardia a la puerta, en previsión de que mi Ama pudiera requerir mis servicios.
Tras
un vuelo sin incidencias, al llegar me hice cargo del equipaje y busqué un taxi
para que nos llevara al hotel. Mistress Ana viajando en el asiento de atrás y
yo acompañando al conductor en el delantero.
De
acuerdo con Sus Instrucciones, en el hotel dejé claro que solamente yo llevaría
Su equipaje. Tan pronto como entramos en la Suite, me dio cinco minutos para
pasar a mi habitación y cambiar mi uniforme de chofer por el de criada. A
continuación, una vez adecuadamente vestido, deshice Su equipaje bajo Su atenta
mirada. Le preparé el baño y, mientras disfrutaba de él, me concedió unos
minutos para que acudiese a mi habitación y deshiciese el mío.
Al
acabar Su baño, después de secarla, pinté Sus Uñas, tanto de Manos como de
Pies y cepillé Su Cabello antes de peinarlo. Mientras se maquillaba me ordenó
prepararle la ropa. Medias de seda, botas negras de cordones con tacón de
aguja, traje de cuero negro, con falda de tubo hasta media pierna, y camisa
blanca. La atendí mientras se vestía y al terminar, miró el reloj y dijo
“Creo
que es hora, esclavo. Vamos”
Al
oír aquello me incliné para lamer el suelo ante Ella tres veces, en solicitud
de permiso para hablar. Cuando me lo dio dije
“Perdón
Ama, pero ¿no debería cambiarme de ropa?”
Dos
tremendos bofetones cruzaron mi cara
“Cerdo
estúpido, ¿acaso crees que si quisiera que te cambiases no te lo habría
dicho?. Vamos, no pierdas más tiempo. Levántate y sígueme”
Salimos
al pasillo a buscar el ascensor, bajamos al hall, fui a dejar la llave en
recepción y salimos a tomar un taxi. Era la primera vez que mi Ama me exhibía
en público y aunque en un primer momento, al notar las miradas que me dirigían,
creí morir de vergüenza, enseguida ese sentimiento dejó paso al orgullo. Si
alguna vez había necesitado una prueba de que pertenecía por entero a mi Ama,
allí la tenía.
El
taxi nos condujo a las afueras de Londres, a una gran casa victoriana con un
pequeño jardín que la separaba de los edificios colindantes. Al llegar a la
puerta, mi Ama me ordenó arrodillarme, sacó de Su bolso un collar y una
correa. Me lo puso, chasqueó Sus Dedos indicando “abajo” e inmediatamente
me puse a cuatro patas. Se volvió y llamó al timbre.
La
puerta se abrió. Desde mi posición pude ver la parte inferior de un uniforme
de doncella, aunque el grosor de las piernas y el tamaño de los pies me
indicaron que se trataba de un hombre, lo que confirmé inmediatamente cuando le
oí decir
“Buenas
noches, Señora ¿a Quién debo anunciar?”
“Mistress
Ana se Sade” contestó mi Ama.
“Por
supuesto, Mistress Ana. La esperan” replicó el esclavo haciéndose a un lado
para permitirnos la entrada. Tras cerrar de nuevo la puerta añadió
“Por
favor, tenga la bondad de seguirme”.
Nos
condujo a una inmensa sala de la que salía ruido de voces y música. Apenas
entramos en ella, el esclavo que nos guiaba tocó un pequeño gong y anunció en
voz alta
“La
Muy Noble Dama Mistress Ana de Sade”
Enseguida
una Mujer de la que solo pude ver que vestía medias color humo y unos
espectaculares botines de altísimos tacones,
se acercó y saludó efusivamente a mi Ama, besándola en la mejilla y
diciendo
“Querida
Ana, cuanto tiempo sin verte. Me alegra tanto que hayas podido venir a la
fiesta. Solo faltan por llegar Sonja y Katrinne y ya estaremos las nueve”
“Gracias
Caroline, querida, realmente no me habría perdido la fiesta por nada del mundo.
He traído a Mi esclavo luis para que ayude con el servicio o en cualquier otra
cosa que estimes oportuno. Como anfitriona, dejo en Tus Manos el asignarlo a
donde pueda ser más útil.”
“Estupendo
Ana. De momento creo que ya son catorce los esclavos que nos servirán, aunque
de seguro Sonja y Katrinne no vendrán solas”
Mientras
hablaba Lady Caroline debió hacer alguna seña, porque inmediatamente acudió
una esclava uniformada. Dirigiéndose a Mistress Ana, Lady Caroline dijo
“Esta
es Patricia, la única esclava en servicio esta noche. Estará al cargo de los
esclavos” y dirigiéndose a ella añadió
“Patricia,
instruye a la criada de Mistress Ana en lo que necesite saber y ponla a
trabajar”
“Si
mi Ama” dijo Patricia, y continuó “Mistress Ana, si es Usted tan amable de
pasarme la correa...”
Instantes después sentí un suave tirón y nos pusimos en movimiento. Mientras era conducido a través de la sala en dirección a una puerta que había en el fondo, no pude dejar de pensar en que aquel era sin duda el fin de semana más maravilloso de mi existencia... y no había hecho más que empezar.
Octubre 2004
EL
VIAJE A LONDRES
Segunda Parte
LA FIESTA
La
puerta por la que abandonamos la sala conducía a las cocinas. Allí dos
esclavos desnudos, excepto por sus collares, se afanaban preparando bandejas de
aperitivos y bebidas y otros dos fregaban y secaban la vajilla y cristalería
usada.
Patricia
me llevó a un rincón donde no molestara el paso, desenganchó la correa me
ordenó levantarme y una vez que lo hube hecho me dijo
“Bien
perrito, estás aquí para trabajar. Tenemos una fiesta que atender. Tanto mi
Ama, Lady Caroline, como Sus Invitadas son muy exigentes con la calidad del
servicio. Al haberte elegido Mistress Ana de Sade estoy segura de que darás el
nivel. Ya que vienes de uniforme, servirás de camarera. Irás por la sala
ofreciendo bebidas y canapés a nuestras Amas. En la cocina podrás estar de
pie, pero una vez que entres la sala deberás arrodillarte y moverte así. ¿Entendido?”
“Sí,
Señora” contesté, lo que me valió una sonrisa.
“Veo
que tu Ama te ha enseñado bien y sabes reconocer que, aunque esclava, como
Mujer soy tu superior. En adelante, cuando te dirijas a mí o te refieras a mí
ante Las Amas, me llamarás Miss Patricia. Ahora coge una bandeja y empieza a
trabajar”
Hice
lo que me decían y tomando una bandeja con bebidas volví a la sala. Antes la
había atravesado a cuatro patas, conducido como un perro por Miss Patricia, y
no había podido hacerme una idea del desarrollo de la fiesta. Ahora todo su
maravilloso esplendor se ofreció a mis ojos. Afortunadamente siempre fui muy
observador, por ello apenas me llevó unos segundos empaparme con la imagen que
se desarrollaba ante mí.
La
sala era inmensa, con suelo de terrazo y escasa decoración. Repartidas por ella
en grupos, Las Amas conversaban animadamente atendidas por Sus esclavos. En uno
de los grupos Mistress Ana y Lady Caroline, cómodamente sentadas en sillones
compartían un esclavo cenicero arrodillado entre Ellas y descansaban Sus Pies
de Diosas en el cuerpo de un afortunado esclavo cuya cara servía de asiento a
otra Deidad de Pelo Rojo. Cuando miraba, no pude evitar un latigazo de envidia
al ver como Mistress Ana clavaba Su Tacón en los genitales del esclavo... Rápidamente
desvié la mirada.
Mas
allá otras dos Amas, una de Ellas de rasgos orientales, departían sentadas
junto a una mesa que formaba un esclavo a cuatro patas con un tablero redondo de
cristal sujeto a su espalda. Entre ambas Amas, otro esclavo arrodillado les servía
de cenicero.
Las
dos últimas Amas presentes, compartían otra mesa. Esta consistía en un
tablero como el anterior, colgado del techo por tres puntos, con un agujero en
el centro por el que asomaba la cabeza de un esclavo arrodillado que, con los
brazos en cruz sujetos al tablero, equilibraba este para que no se balanceara,
mientras su boca abierta le identificaba también como cenicero. Una de las Amas
se había despojado de Sus Zapatos y un esclavo masajeaba Sus Pies, mientras la
segunda tomaba un canapé de la bandeja que le ofrecía otro esclavo que, como
yo, vestía uniforme de criada.
La
escena la completaban un tercer esclavo uniformado que con una bandeja vacía en
sus manos se dirigía hacia mí y, en un extremo de la sala, una pista de
ejercicio para perros y una serie de aparatos de tortura. Allí suspendido del
techo, había un esclavo, con una máscara sin mas abertura que dos pequeños
orificios a la altura de la nariz, los pezones atravesados por agujas y pinzas
de cocodrilo en los genitales unidas por una cadenita de la que colgaban varias
pesas de grueso tamaño. Mas tarde, Miss Patricia me informó que al desgraciado
esclavo se le había caído una bandeja de canapés sobre las piernas de Madame
Alexia, una de las Amas presentes, y que se le había colgado donde estaba a la
espera de recibir su castigo como fin de fiesta.
Andando
de rodillas me dirigí hacia la mesa más cercana, la del Ama de rasgos
orientales, les ofrecí las bebidas que portaba en la bandeja. Ellas me
preguntaron acerca de mi Ama y alabaron Su Gusto al elegir mi uniforme. Una vez
que se hubieron servido solicité Su Permiso para ofrecer las bebidas al resto
de Amas.
Así,
pasando de un grupo a otro, fui ofreciendo bebidas a Las Amas y retirando las
copas vacías.
Con
la bandeja llena de copas usadas volví a la cocina. Allí tomé otra con canapés
y salí de nuevo. Al hacerlo vi que Lady Caroline daba la bienvenida a quienes
sin duda eran Las Amas Sonja y Katrinne. Cada una de Ellas venía acompañada de
un esclavo. Ambos tenían la cabeza afeitada y, como luego pude ver, todo el
cuerpo depilado.
Con
la llegada de las dos ultimas Amas, Lady Caroline sugirió dar comienzo a las
competiciones, lo que Todas acogieron con entusiasmo.
Por
indicación de su Ama, Miss Patricia nos reunió a todos los esclavos y nos
ordenó disponer los sillones en un amplio semicírculo. Después de que los que
vestíamos uniforme nos desnudáramos, escribió con roturador un número en la
frente de cada uno de nosotros y nos explicó las reglas de competición.
En
cada juego habría tres participantes, que serían elegidos por sorteo. Los
restantes seguirían con sus tareas de servicio como hasta entonces. En cada
juego se asignarían 15 azotes. Diez para el perdedor, cinco para el segundo y
ninguno para el ganador. Los empates se acumulaban al puesto inferior. Así un
triple empate significaba 10 azotes para cada esclavo. Por supuesto cada prueba
podía tener limitaciones específicas cuyo incumplimiento representaba recibir
los 10 azotes. Miss Patricia iría anotando los resultados y al final de los
juegos se aplicarían a cada esclavo los azotes a que se hubiera hecho acreedor.
Los
juegos fueron numerosos y se prolongaron durante varias horas. El sorteo me hizo
participar en seis de los concursos.
El
transporte de huevos, en el que el esclavo, llevando en la boca una cuchara con
un huevo debía dar la vuelta a la sala a cuatro patas, ganando aquel que lo hacía
en el menor tiempo. Las carreras de caballos de ajedrez, en la que, sin usar
manos ni pies, había que empujar el caballo durante unos cinco metros. La
competición de limpiabotas en la que a cada esclavo se le entregaba un par de
botas que esa tarde habían sido utilizadas para andar por los embarrados
jardines y disponía de quince minutos para limpiarlas con la lengua, antes de
que el Jurado de Amas puntuara su trabajo. El concurso de perros, en el que los
esclavos conducidos con correa por Miss Patricia, pasaban la pista (aro, tubería,
vallas, escalera...) ganando el que menos errores cometiera y lo hiciera en
menor tiempo. El concurso de bofetadas, en el que el esclavo recibía cuatro
bofetadas de otras tantas Amas y el Jurado puntuaba la impasibilidad con que las
recibía.
En
esas pruebas, dos primeros, dos segundos y un tercero me ganaron 20 azotes.
La
última competición en la que participé fue la de “putas y clientes”. En
este juego los participantes eran seis, en tres parejas. Los esclavos
“putas” se arrodillaban delante de los “clientes” para hacerles una
felación. El primer “cliente” en eyacular y la “puta” que estuviera
trabajando al último en hacerlo se anotaban los 10 azotes, sus parejas eran las
ganadoras y la pareja intermedia se apuntaba los cinco azotes. Si el primero se
iba antes de cinco minutos se doblaba el número de azotes, y lo mismo ocurría
con la “puta” que no consiguiera la eyaculación de su “cliente” en
menos de quince minutos. En este caso las contrapartes disminuían cinco golpes
del total que llevaran acumulado. Al acabar “putas” y “clientes”
cambiaban los papeles y se repetía el juego.
Aunque era la primera vez que tenía relaciones con un hombre, mi Ama había usado conmigo profusamente el consolador. Por eso me defendí moderadamente bien como “puta” consiguiendo un segundo puesto. Pero nada me había preparado nunca para hacer de cliente, y cuando fue mi turno me fui mucho antes de los cinco minutos. En total 25 azotes que sumar a los 20 que ya me esperaban.
Al
acabar los juegos, dio comienzo la “entrega de trofeos”. Uno a uno los
esclavos fuimos atados al potro para que nuestras respectivas Amas, o Aquella a
Quien Ella cediera el Derecho, nos aplicara el correctivo a que nos habíamos
hecho merecedores.
Cuando
fue mi turno, Mistress Ana, en lugar de la fusta que yo esperaba, seleccionó
para el castigo una vara fina y flexible. Aunque no era la primera vez que mi
Dueña me azotaba con un instrumento así, por eso conocía lo extremadamente
doloroso que resulta, nunca antes lo había usado para más de 15 golpes. Ahora
debía recibir 45. Percibiendo mi miedo, mi Ama se inclinó y susurró en mi oído
“No lo estabas haciendo mal, esclavo, para ser tu primera competición, pero en la última prueba me has dejado en mal lugar. Por eso he elegido la vara. Además, has enfadado enormemente a Pincess Midori, la Dueña del esclavo a quien tu incontinencia ha ahorrado cinco azotes. Por eso creo que es justo que sea Ella quien te administre el castigo. No vuelvas a ponerme en evidencia ahora, con súplicas o gimoteos”
Princess
Midori, la Dómina de rasgos orientales, demostró ser una experta en el uso de
la vara. Administró los golpes lentamente, espaciándolos para que el dolor del
siguiente no enmascarara el del anterior. Uno a uno los conté y agradecí en
voz alta. Al acabar, Mistress Ana sugirió a Princess Midori que me diera cinco
más, en compensación por los que yo había evitado a Su esclavo. Princess
Midori agradeció el detalle a Mistress Ana y ordenó a Miss Patricia que me
desatara y me diera la vuelta. A continuación descargó con saña los cinco últimos
golpes en mi pene y testículos.
Mientras
el siguiente esclavo era atado al potro, tremendamente dolorido fui a ocupar el
puesto de escabel de Mistress Ana, y así permanecí el resto de la velada, que
aún se prolongó bastante con la durísima sesión, a juzgar por lo que podía
oír, en la que Madame Alexia castigó la torpeza del esclavo que la había
manchado.
Al
acabar Miss Patricia se encargó de pedir taxis para aquellas Amas que los
necesitaban y, a altas horas de la madrugada, volvimos al hotel. Siguiendo
instrucciones de Mistress Ana ordené que le llevaran Su desayuno a las 9 y una
vez que mi Ama se hubo acostado, me retiré a mi habitación donde, por Orden
Suya, me acosté en el suelo tras poner el despertador a las 8. Cuando trajeran
el desayuno de mi Ama debía estar listo y uniformado para hacerme cargo de él
y llevárselo a la cama.
Había
sido un día largo y mañana no parecía que fuera a serlo menos. Con un último
pensamiento de gratitud hacia mi Ama por haberme permitido acompañarla cerré
mis ojos y, exhausto, no tardé en quedarme dormido.
Octubre 2004
EL
VIAJE A LONDRES
Cuarta Parte
EL REGRESO
Aún
hoy no sé como pude resistir de pié hasta que, pasadas las dos y media,
Mistress Ana volvió a la Suite.
Al
llegar, sin prestarme la más mínima atención, se quitó el vestido y pasó al
cuarto de baño, de donde salió al cabo de un rato preparada para irse a la
cama. Se acostó y apagó la luz. Sentí que las fuerzas me abandonaban. No sería
capaz de aguantar así toda la noche. Entonces la luz volvió a encenderse.
Mistress Ana se levantó y se acercó a mí
“Me
había olvidado de ti. Se te ve cansado. ¿Te gustaría que te permitiera
acostarte?”
Con
cuidado, sabiendo que si pretendía hacerlo deprisa perdería el equilibrio,
dije que sí con la cabeza.
“Está
bien, puedes tumbarte”
Dijo
Mistress Ana al tiempo que me daba un ligero empujón lateral. Caí al suelo
golpeándome con fuerza el costado. Desde el suelo oí a Mistress Ana añadir
“Buenas
noches, esclavo. Que descanses. No olvides soñar Conmigo”
Ni
el hambre, ni la sed ni el dolor que sentía fueron obstáculo para que,
exhausto física y emocionalmente como estaba, quedara profundamente dormido en
unos instantes.
Desperté
al contacto de un Pie que me zarandeaba y a la Voz
de mi Ama que decía
“Arriba,
esclavo, hora de levantarse”
Abrí
los ojos. El sol estaba alto, debían ser casi las diez. Mistress Ana se inclinó
sobre mí y me quitó la mordaza.
“¿Has
dormido bien, esclavo?”
Con
dificultad por las largas horas amordazado, acerté a contestar
“Sí
mi Ama. Gracias por permitir que me tumbara”
La
oí suprimir una sonrisa mientras liberaba mis brazos y piernas. Después me
ordenó ponerme a cuatro patas y, bajándome las bragas, quitó la cinta
adhesiva de un tirón y sacó el consolador.
Poco
a poco, a medida que las telarañas del sueño abandonaban mi mente, el dolor y
las necesidades volvían a enseñorearse de mí. Necesitaba con urgencia beber
algo, ir al baño, aliviar de alguna forma mis dolores...
“Levanta,
esclavo. La prensa debe llevar horas en la puerta. Tráemela a la terraza”
Andando
torpemente por el entumecimiento de mis músculos y los desacostumbrados 18 cm.
de tacón, hice lo que se me ordenaba.
“Ahora
ve a tu habitación. Dúchate y vuelve a vestirte. Prescinde del sujetador y cámbiate
de zapatos. Date prisa, no tardarán en traer el desayuno que me ocupé de
ordenar anoche y debes estar listo para hacerte cargo de él”
Acudí
a mi habitación y en rápida sucesión me desnudé, hice mis necesidades, tomé
dos aspirinas, bebí agua con avidez, me duché y volví a vestirme. Cuando
llamaron a la puerta estaba preparado. La primera sorpresa fue ver que traían
un carrito mucho mayor que el del día anterior y dos bandejas. Lo empujé a la
terraza.
“Ah,
el desayuno. La bandeja con el “full english breakfast” es para ti. Ponla en
el suelo. Después de servirme el mío podrás comer tú también”
Sorprendido
por segunda vez, serví Su desayuno a Mistress Ana y me coloqué a cuatro patas
para dar cuenta del mío, pero mi Ama aún guardaba una tercera sorpresa
“Hoy
me encuentro Generosa, esclavo. Puedes usar cubiertos y vasos”
“Gracias
mi Ama” musité emocionado.
Aún
no había acabado de comer cuando me percaté de que Mistress Ana sí lo había
hecho y volvía a coger el periódico. Comencé a arrodillarme pero Ella,
poniendo Su Mano en mi hombro, lo impidió, y con una dulzura que nunca había oído
en Su Voz dijo
“Acaba
de comer, esclavo. Creo que lo necesitas”
“Gracias,
Mistress Ana. Muchas gracias”
Aquel
desayuno, de alguna manera compartido con mi Dueña en la soleada terraza del
Meridian, aquel gesto de bondad infinita por Su parte para con Su esclavo, estarán
siempre entre mis mejores de mis recuerdos.
Cuando
acabé Mistress Ana me envió a preparar Su baño. Una vez listo volví a decírselo
y Ella se levantó
“Recógelo
todo y saca el carrito. Prepara mi ropa. Cambia ese uniforme por el de chofer y
empieza a preparar el equipaje”
Hice
lo que me decía y aún estaba empacando cuando mi Ama salió del cuarto de baño.
Envuelta en el albornoz se sentó en el sillón a fumar un cigarrillo mientras
supervisaba mi trabajo.
Cuando
todo estuvo empacado menos Su neceser, lo inspeccionó cuidadosamente, dando Su
Aprobación. A continuación volvió a sentarse y apoyando Su Pie en el escabel
movió ligeramente los Dedos
“Ya
conoces el programa, esclavo”
La
asistí como en los días anteriores, hasta que estuvo vestida. Después me envió
a mi habitación a preparar mi propia maleta.
Poco
después de las doce estábamos listos para abandonar la Suite.
“El
avión no sale hasta las seis y media, esclavo. Tenemos tiempo de dar una vuelta
por Regent’s Park. En mi opinión es el más bonito de Londres”.
Bajé
al hall a pedir un carrito para las maletas y después de hacer el check out
dejamos el equipaje en recepción para recogerlo más tarde y salimos a tomar un
taxi que nos llevara al parque.
Al
llegar, Mistress Ana paseó en silencio durante más de una hora. Un paso por
detrás de Ella, la seguía, agradeciéndole la oportunidad de poder disfrutar
una vez más de la belleza del que, también para mí, fue siempre el más
hermoso de los parques londinenses.
Por
fin, en uno de sus más bellos rincones, mi Ama se sentó en un banco y me ordenó
ir a comprar unos sandwiches, autorizándome a traer uno para mí. Al volver
indicó que me arrodillase frente a Ella. Tomó la bolsa con la comida y dijo.
“Quítame
los Zapatos, esclavo, y masajea Mis Pies. Ya comerás después”
Al
cabo de un rato, se inclinó y puso un sándwich en la hierba, junto a mí.
“Se
está realmente bien aquí, perro. Gírate y ponte a cuatro patas para servirme
de escabel. Quiero disfrutar del sol. Mientras estás en posición puedes comer.
Procura no moverte mucho”
Durante
un buen rato permanecimos allí. Aún sin ser un lugar muy transitado, no fueron
pocas las personas que pasaron. A diferencia del día anterior en el pub, donde
quizás por la zona en la que se encontraba o lo escaso de la clientela, mi
humillación no levantó excesivos comentarios, aquí los hubo de todo tipo.
Algunos airados por la “escandalosa escena”. Otros jocosos hacia mi persona.
Los más de admiración hacia mi Ama o envidia por mi situación.
Finalmente,
Mistress Ana retiró Sus Divinos Pies de mi espalda, me ordenó ponerle los
Zapatos y nos encaminamos a la salida en busca de un taxi.
Tras
pasar por el hotel a recoger el equipaje, llegamos al aeropuerto. Al igual que
en Madrid, me hice cargo del equipaje mientras Mistress Ana se dirigió a la
sala VIP, a cuya puerta acudí después a esperarla.
Despegamos
con sólo un pequeño retraso, y tras un vuelo sin problemas aterrizamos en
Barajas.
Después
de recoger el equipaje, lo llevé al coche y fui a recoger a mi Ama. Al llegar
donde me esperaba, bajé del coche para abrirle la puerta trasera, volví a
sentarme tras el volante y puse rumbo a Su casa.
Apenas
habíamos salido del aeropuerto cuando desde el asiento trasero me llegó Su
Voz.
“Este
fin de semana has cruzado una línea, esclavo. Supongo que eres conciente de
ello”
“Sí
Mistress Ana, lo soy. Hace más de año y medio me postré por primera vez a Sus
Pies y supliqué convertirme en Su esclavo. Aquel día, al aceptarme, dijo Usted
algo que creí muy significativo, “el que viene a Mí voluntariamente puede
irse de la misma forma”. Así Sus esclavos no lo son totalmente, conservan
un resto de libertad, porque enfrentados a un sacrificio extremo, tienen una
opción. La de abandonar Su Servicio para no volver jamás. Estos días he
comprendido que hay un punto de no retorno. Un punto a partir del cual esa no es
ya una opción real, porque la simple idea de no volver a verla es infinitamente
más terrible que cualquier castigo, que cualquier renuncia. Entonces, Mistress
Ana, es cuando, por fin, Su esclavo pasa a serlo verdaderamente. Creo que es a
eso a lo que se refiere al decir que he cruzado una línea. A que he alcanzado
ese punto en el que estoy dispuesto a renunciar a todo por servirla, a gritar a
los cuatro vientos que le pertenezco”
“¿Debo
entender que estás dispuesto a que mañana pase por tu trabajo y, en presencia
de todos, arrodillarte ante Mí y reconocerme como tu Ama? ¿Qué lo dejarías
todo para servirme?”
Aquel
era el momento que desde hace tiempo ansiaba y temía a la vez. El momento de la
decisión. Tragué saliva y contesté
“Sí,
Mistress Ana”
Su
Voz sonó a un tiempo divertida y satisfecha al contestar
“No te preocupes, no tendrás que hacerlo. Como sabes, no quiero esclavos 7/24, y tampoco tengo un mayor interés en poner a Mis esclavos en una situación laboral o social difícil. En realidad, nada va a cambiar. O muy poco. Seguirás visitándome una vez a la semana. Vendrás Conmigo de viaje alguna que otra vez, tampoco demasiadas. Como novedad puede que, ocasionalmente, te ceda a alguna amiga discreta, que necesite servicio para una noche o un fin de semana, o Yo Misma te requiera...”
Durante unos instantes Mistress Ana pareció dejar ahí la frase, antes de continuar
“Pero tenías razón al decir que has dado el paso definitivo, eslavo, y eso debe tener su reflejo. Cuando tus nalgas se hayan recuperado del tratamiento de este fin de semana, serás marcado con Mis Iniciales y un número. El 11. El que te corresponde entre los que has llamado Mis verdaderos esclavos”
“Gracias Mistress Ana”
El
resto del trayecto transcurrió en silencio. Al llegar a Su casa, una vez que
hube subido Su equipaje, Mistress Ana volvió a hablar
“Te
espero el próximo viernes a la hora habitual. Para entonces quiero que pongas
por escrito todo lo que ha sucedido este fin de semana. Puedes marcharte,
esclavo”
Me
arrodillé para besar el suelo delante de Ella y salí. Mientras conducía de
vuelta a casa, meditaba sobre Su Encargo y no pude evitar sonreír. Sabía
exactamente cómo debía empezar el relato...
mi
nombre es luis y soy un esclavo propiedad de Mistress Ana de Sade.
Octubre 2004
REGLAS DE CONDUCTA
Llamé
al timbre. Al otro lado se oyó un taconeo que se acercaba y la puerta se abrió.
Con la mirada baja, como sabía que se esperaba de mí, alcancé a ver las
piernas de una Mujer enfundadas en unas mallas negras, botas del mismo color por
encima de la rodilla y con unos tacones imposiblemente altos y finos. Me presenté.
“Buenas
tardes, Señora. Mi nombre es luis. Mistress Ana de Sade me ha citado a esta
hora”.
“Yo
soy Mistress Ana. Pasa, cierra la puerta y sígueme” me respondió, girándose
y alejándose por el pasillo.
A
través del teléfono Su Voz me había parecido hermosa. Escucharla directamente
de Sus Labios fue un verdadero éxtasis. La forma en que unía una
extraordinaria suavidad a una firmeza acerada desafiaba toda descripción.
Anonadado tardé unos segundos en reaccionar y hube de apresurarme para
seguirla.
Me
condujo hasta una habitación que sin duda era la que usaba como gabinete. Se
dirigió hacia el extremo más alejado y se sentó en un sillón que, a modo de
trono, dominaba la sala.
Permanecí
de pié ante Ella, con la vista baja, mientras me decía.
“Bien,
luis, pretendes ser Mi esclavo. Por tus correos creo que tienes madera para
ello. Lo comprobaremos. Si es así, te adiestraré y sacaré de ti todo lo que
lleves dentro. Si no... sencillamente te devolveré a donde viniste. Frente a la
puerta de entrada hay otra que conduce a un cuarto de baño. Ve, desnúdate allí
y aséate si lo necesitas. Después vuelve aquí. Tienes cinco minutos. La
tardanza será castigada severamente. La falta de limpieza aún más”.
Hice
lo que se me decía. Conociendo a través de Su página web algunas de las
costumbres de mi Ama, me había aseado a fondo antes de venir, por lo que pude
cumplir con Sus Instrucciones en el tiempo concedido.
De
vuelta en el gabinete me ordenó arrodillarme ante Ella y por primera y última
vez me permitió contemplar Su Cara. Si Su Voz me había impresionado, Su
Belleza hizo que mis labios se entreabrieran en señal de admiración. Las fotos
de Su página web no le hacían en absoluto justicia y, siendo un fotógrafo
aficionado bastante bueno, me encontré pensando que el esclavo que las hubiese
hecho merecía que se le castigara con dureza por su incompetencia.
Tras
lo que me pareció tan solo un segundo volví a oír Su Voz “La vista al
suelo, esclavo”.
Obedecí
de inmediato. Tomó un paquete de cigarrillos de la mesita situada a la
izquierda del trono y lo encendió, exhalando una bocanada de humo hacia mi
cara.
“Por
única vez voy a exponerte las reglas que han de regir tu comportamiento. Grábalas
a fuego en tu memoria esclavo, porque si rompes una sola de ellas te arrepentirás
durante mucho tiempo. Esto nos llevará unos minutos y mientras lo hago
necesitaré un cenicero... Colócate a la derecha del trono, ligeramente pasado
el respaldo, mirando en dirección contraria a la que Yo lo hago. Después échate
hacia atrás hasta apoyar las manos en el suelo y abre la boca”
Hice
lo que se me decía y tan pronto estuve en la posición indicada recibí un
tremendo bofetón al tiempo que muy despacio, sin levantar Su Voz pero haciendo
evidente Su Enojo mi Dueña me decía “No - vuelvas - a mirarme - a la cara”
Cerré
los ojos inmediatamente y dejé mi boca abierta. De nuevo escuché el sonido de
Su Voz
“La principal de las reglas de conducta ya la conoces. Deberás obedecer ciegamente cuanto te mande, te guste o no. Las demás estoy segura que también te serán familiares...”
Una
sustancia seca y caliente, la ceniza de su cigarrillo sin duda, cayó en mi
boca. Procurando no cerrarla insalivé para tragarla mientras Ella continuaba
hablando lentamente.
“...
Por ahora te identificarás como “luis, esclavo propiedad de Mistress Ana
de Sade”. En Mi Presencia permanecerás siempre de rodillas o a cuatro
patas, salvo que te autorice a tomar otra postura. No podrás hablar a menos que
sea para responder a una pregunta o porque Yo te haya ordenado que lo hagas, y
en esos casos te referirás a Mí como Mistress Ana y me llamarás de Usted. Si
alguna vez quieres decirme o preguntarme algo, lamerás el suelo delante de Mis
Pies tres veces. Si recibes Mi Autorización podrás decir lo que quieras..”
Mistress
Ana hizo una breve pausa y otra nube de humo envolvió mi cara.
“...
Tienes prohibido tocarme bajo ninguna circunstancia, salvo que Yo te lo ordene
y, en ese caso, tocarás exclusivamente la parte de Mi Cuerpo que Yo te autorice
con la parte del tuyo que te indique...”
De
nuevo la ceniza cayó en mi boca mientras mi Ama continuaba hablando.
“...
A partir de hoy vestirás siempre bragas y medias. No deberás comprarlas en una
Sex Shop ni en tiendas especializadas para travestís, sino en unos Grandes
Almacenes haciendo evidente a la dependienta que son para ti. Cada vez que hagas
una compra me traerás el ticket...”
Una
nueva pausa y otra vez recibí el humo en mi cara y la ceniza en mi boca.
“...
Aunque me dijiste que no eres masoquista, debes saber que a Mí me gusta
infligir dolor a Mis esclavos, y tú no vas a ser una excepción. En poco tiempo
tu umbral de dolor se habrá elevado tanto, que tú mismo no te reconocerás.
Por cierto, te informo que no tolero oír a Mis esclavos gimotear y quejarse
mientras los torturo. Si lo haces te amordazaré y duplicaré el castigo...”
A
medida que Mistress Ana había estado hablando, notaba cómo mi miembro se iba
endureciendo. Aquella situación, servir de cenicero a una auténtica Diosa
mientras Ella me exponía las condiciones de mi sumisión a Su Persona, se había
repetido una y otra vez en mis fantasías. Si aquello se prolongaba mucho iba a
eyacular.
“...
Finalmente, al igual que el resto de mis esclavos, sin Mi Permiso tienes absolutamente
prohibido no solo eyacular, sino incluso tener una erección... como la que
estás teniendo ahora...”
Con
éstas palabras apagó el cigarrillo, aplastándolo con saña en mis testículos.
Lo
inesperado del dolor y la intensidad del mismo, junto con mi escasa resistencia,
me llevaron a dar un tremendo alarido al tiempo que me echaba hacia delante y
llevaba las manos a mis partes para protegerlas. Al hacerlo fui vagamente
consciente de que mi antebrazo rozaba con algo.
Durante
un instante permanecí gimiendo, con las manos cubriendo mis testículos y la
cabeza inclinada sobre el pecho. Entonces, Su Mano sujetó con fuerza mi oreja y
retorciéndola tiró de mi cabeza hacia atrás. En mi boca abierta cayó la
colilla del cigarrillo y a escasos centímetros de mí Su Rostro, hermoso como
ninguno, sonreía mientras me decía
“Son tres faltas esclavo. Te has quejado, me has tocado y me estás mirando a la Cara. No era Mi Intención, pero... ¡creo que tu primera sesión va a resultarte muy larga!”
Mayo 2004
EL REGALO DE CUMPLEAÑOS
La
reunión estaba siendo muy tensa y fernando herrero, importante ejecutivo de
una multinacional, comenzaba a sentir un cierto dolor de cabeza cuando el
vibrador de su teléfono móvil le sobresaltó.
Discretamente
lo extrajo del bolsillo y leyó el mensaje “Tengo que hacer un regalo de
cumpleaños y he decidido que seas tú, puta. Te esperan a las diez en....”
y una dirección. No tenía firma. No era necesaria. fernando sonrió mientras
guardaba de nuevo el teléfono. Su Ama requería sus servicios. La reunión
dejó de tener importancia.
Salió
pronto de la oficina. Tenía que ir a casa a prepararse y por nada del mundo
llegaría con retraso. En los años transcurridos desde que se había
convertido en petra, esclava propiedad de Mistress Ana de Sade, había
aprendido que retrasarse al cumplir los deseos de su Ama tenía,
indefectiblemente, dolorosas consecuencias.
Por
otra parte el mensaje era claro. Su Ama la quería hoy en el papel de puta.
Aunque al principio no era un rol que le gustara, poco a poco petra había
aprendido a no hacerle ascos. ¿A quién tendría que servir hoy?. ¿Sería
hombre o Mujer?. No tenía importancia, ya no. Recordó su primera experiencia
con un hombre. Pronto haría un año. Fue justo antes de sus vacaciones. Después
de meses sirviendo a Mujeres, su Ama decidió adiestrarla para atender a
hombres, la entregó a uno de Sus esclavos para iniciarla y... ella se negó a
chupársela.
Antes
de cinco minutos ya colgaba del techo de la mazmorra y no había pasado una
hora cuando por primera vez suplicó a su Ama que le diera una nueva
oportunidad. Casi seis horas más tarde Mistress Ana se dio por satisfecha y
la devolvió al esclavo... Después de eso pasó sus vacaciones en un club.
Arrodillada, sujeta por un collar y una cadena a una argolla en la pared y
debajo de un cartel que decía “esclava puta en prácticas, mamadas a un
euro”. No le faltaron clientes...
Al
llegar a casa, con la rapidez que da la práctica completó su transformación.
Antes de volver a salir se miró al espejo... y se encontró hermosa. El negro
siempre le había sentado bien a su cuerpo de atleta. Top, falda corta y
ajustada, medias, liguero y unas sandalias de altísimos tacones de aguja que
realzaban su 1’86. Sin bragas, naturalmente. En cuanto al resto... el bolso,
la peluca rubia, los pendientes de aro que tan sexys le habían resultado
siempre, el maquillaje perfecto, las uñas de manos y pies a juego con los
labios rojos e insinuantes... supo que no defraudaría a quien debiera
entregarse esa noche. Su Ama estaría orgullosa de ella.
A
las diez en punto llamaba a la puerta en la dirección indicada. Al abrirse se
encontró frente a un hombre de cuarenta y muchos. Alto, aún más que ella, y
extraordinariamente fornido. Con una
barba bien recortada y ojos grises y duros.
Bajando
la vista se presentó “Buenas tardes, soy petra, esclava puta propiedad de
Mistress Ana de Sade. Mi Ama me envía como regalo de cumpleaños, aunque no
me ha dicho de quien”
El
hombre le puso el dedo índice bajo barbilla, levantó su cabeza y paseó
lentamente la mirada por su cuerpo. Al cabo de unos instantes, con voz firme y
bien modulada dijo “Tu Ama tiene buen gusto... y conoce perfectamente los míos.
Soy Master Juan y tú eres mi regalo, esclava. Pasa y veamos si tu habilidad
es digna de tu aspecto”.
Esa
noche el adiestramiento de petra fue puesto a prueba como nunca lo había
sido.
Cuando
después de servirle una copa y responder a sus preguntas, arrodillada ante él
procedió a desnudarlo, petra casi dejó escapar un gemido ante el descomunal
tamaño del miembro de Master Juan. Cuando aquella cosa inmensa se irguiese
sin duda superaría a todo lo que hasta ahora habían recibido su boca o su
culo. Aquel hombre iba a destrozarla... Pero inmediatamente recordó que su
Ama la había enviado allí como un regalo y debía estar a la altura de lo
que se esperaba de ella.
La
realidad superó con mucho su primera impresión. petra sabía como excitar a
un hombre y Master Juan respondió perfectamente a sus caricias.
Una
y otra vez la enorme lanza de aquel hombre llenó su boca hasta casi
desencajarla, inundándola con una leche espesa y caliente que ella apenas
daba abasto a tragar, y poseyó su culo con golpes firmes y profundos, que
entraban y salían produciendo un dolor lacerante en su ano dilatado hasta el
extremo. Cada vez que parecía imposible una nueva erección, sus besos y
caricias obraban el prodigio...
Finalmente,
pasadas las tres de la mañana, Master Juan la despidió. Sus últimas
palabras fueron “Tu Ama puede estar satisfecha, puta. ¿Sabes?, quizás
debería cumplir años con más frecuencia...”.
De
vuelta a casa, a pesar de su culo dolorido, o quizás por eso, petra se sentía
contenta. No, más aún. Se sentía orgullosa. Había prestado a la perfección
el servicio que Mistress Ana le había encomendado, las últimas palabras de
Master Juan así lo atestiguaban. Y le había gustado hacerlo. Habría querido
que aquella noche no acabase nunca.
Por primera vez fue plenamente consciente del gran regalo que su Ama le había hecho al sacar a la luz la puta que llevaba dentro. Sacó el móvil del bolso y envió un mensaje. Sólo dos palabras. “Gracias Ama”. Después se acostó feliz. Mañana sería otro día y lo esperaba ilusionada. La vida era hermosa para una esclava de Mistress Ana de Sade.
Mayo 2004
LA DEBUTANTE
El zumbido de su reloj indicó a petra que había llegado el momento.
Hoy no era un sábado cualquiera. Hoy era el día de la prueba. El día en que sus dos años de esclavitud, las largas horas de entrenamiento, su conversión del ejecutivo fernando herrero en petra, esclava propiedad de Mistress Ana de Sade, iban a pasar su primer examen público.
Esa noche petra serviría la cena a Mistress Ana y Sus Invitadas y debía presentarse adecuadamente uniformada para ello.
Después de ducharse sujetó sus partes con cinta adhesiva apretándolas de forma que casi no se notaran. Tras afeitarse dos veces para obtener el apurado perfecto que su Ama le exigía se sentó en el tocador y procedió a maquillarse. No mucho. Algo de color en las mejillas, un toque de sombra de ojos, apenas un reflejo de rojo en los labios... después de todo su papel esa noche sería sólo el de criada, y no el de puta para el que Mistress Ana también la había preparado...
Hora de vestirse. Sobre la cama se mostraban las prendas que había preparado con esmero esa mañana. Cogió las bragas de satín negro que su Ama le había ordenado comprar para la ocasión y, en un impulso, las besó agradecido antes de ponérselas. Aquella prenda era quizás el símbolo más evidente de su transformación, de su finalmente encontrada felicidad.
A las bragas siguieron el liguero y las medias. Se las puso lentamente, acariciando sus piernas depiladas a medida que las subía hasta los muslos.
Se acercó al uniforme que, listo para estrenar, colgaba de la percha en la que lo había colocado después de plancharlo cuidadosamente. Lo admiró de nuevo. Negro como ala de cuervo, con cuello y puños blancos bordados, a juego con el delantal y la cofia. Hecho a medida, petra sabía que se ajustaría perfectamente a sus 78 kg sin gota de grasa, que la corta falda realzaría las interminables piernas de su 1’86. Antes de entregar su libertad fernando había cultivado un cuerpo de atleta y ahora, convertido en petra, Mistress Ana la obligaba a mantenerlo para Sus Propósitos.
Junto al uniforme, los zapatos. También negros. Con tacón de aguja de 12 cm. Sonrió al mirarlos y por su mente desfilaron las largas horas aprendiendo a manejarse con ellos. Cuantos castigos le había acarreado su torpeza. Saboreó de nuevo cada uno de los golpes recibidos agradeciéndolos, no por el dolor que le produjeron, sino por su efecto en acelerar su aprendizaje.
Sacudiendo la cabeza con nostalgia se puso el vestido y los zapatos y volvió al tocador a ponerse la peluca. Una mata de pelo castaño, parecido al suyo natural, que le llegaba hasta los hombros.
Finalmente, se puso el delantal y se ajustó la cofia. Estaba lista.
Se dirigió a la puerta y antes de abrirla dedicó un minuto a contemplarse en el espejo de la entrada. El reflejo que éste le devolvió acrecentó su adoración por su Ama. Lo que allí podía verse era obra Suya.
Cogió las llaves del coche, salió al pasillo y caminó hasta el ascensor acompañada del repiqueteo de los tacones. Pulsó el botón de bajada y esperó. Al abrirse la puerta vio que el ascensor estaba ocupado. Conocía vagamente a la persona que lo ocupaba. Era uno de los vecinos del piso de arriba. No recordaba su nombre. Por un instante pensó en agachar la cabeza y ocupar un rincón a sus espaldas, pero no lo hizo. Saludó educadamente y permaneció con la cara levantada. Quizás aquel hombre la reconociera. O quizás no. No importaba. No tenía nada que ocultar.
Su nombre era petra. Su condición, esclava propiedad de Mistress Ana de Sade... y estaba orgullosa de serlo.
Diciembre 2003
EL JUEGO
La cena había sido un éxito. La sobremesa un desastre
Con las muñecas y tobillos sujetos a sendas barras para mantener sus brazos y piernas abiertos en aspa, suspendida del techo del gabinete de su Ama de forma que apenas rozaba el suelo con la punta de los pies, con una mordaza en forma de pene que casi le desencajaba la mandíbula, los pezones mordidos por pinzas de cocodrilo de las colgaban pesadas bolas y el culo a punto de estallarle por el efecto de un consolador hinchado mucho más allá de lo que incluso su dilatado ano permitía normalmente mantenido dentro por un cinturón de castidad, petra, esclava propiedad de Mistress Ana de Sade, era consciente de cada minuto de esa interminable noche.
Sabía
que merecía el castigo. El que estaba sufriendo y el que llegaría con el nuevo
día. Le había fallado a su Dueña. Eso era lo que más le dolía. Aunque quería
olvidarlo sabía que no debía hacerlo. Debía recordar siempre su error para
nunca más volver a repetirlo. Su mente volvió atrás unas horas...
Mistress Ana tenía Invitadas esa noche y, por primera vez, la había elegido a ella para servir la mesa.
Durante la comida todo había ido muy bien. Impecablemente uniformada había acudido a la hora en punto. Había preparado la mesa y atendido el servicio como pocos profesionales habrían sido capaces de hacerlo. Sabía que era así. En su otra vida, como el ejecutivo fernando herrero, asistía a frecuentes comidas de negocios en los restaurantes más exclusivos y siempre se fijaba mucho en los errores de los camareros para evitar cometerlos.
Al acabar, la sonrisa de su Ama mientras recibía las felicitaciones de Sus Amigas por “lo bien adiestrada que estaba Su criada” casi la hace llorar de felicidad. Su Sonrisa satisfecha era la mejor recompensa a sus dos años de esclavitud. Aquella era sin duda la noche más hermosa de su vida. Y entonces...
Mistress Ana se levantó ordenando a petra que retirara la mesa y se presentara en el gabinete para “una pequeña sobremesa”.
Unos minutos después petra llegaba al gabinete donde la esperaban las cuatro Mujeres y a una indicación de su Ama se desnudó y se arrodilló delante de Ella, con la mirada baja y las piernas ligeramente abiertas, tal y como se le había enseñado.
Mistress Ana se dirigió a ella diciendo. “Mi Amiga Lady Claudia sugiere que, después de dos años de adiestramiento, debes estar preparada para reconocer a tu Ama en toda circunstancia. Le he asegurado que así es”.
Bajando las manos para que pudiera verlas, le mostró la máscara que tan bien conocía. La había usado muchas veces mientras aprendía el significado de la palabra “confianza” y sabía que una vez que se la pusieran quedaría privada de la vista y casi del oído.
“Vamos a jugar un pequeño juego, esclava” continuó Mistress Ana, “Durante un rato vas a ser usada de distintas maneras. Unas agradables, otras no tanto. Cada vez que sea a Mí a quien sirvas, o sea Yo quien te castigue deberás pronunciar Mi Nombre. Lady Claudia considera que si el juego se prolonga lo suficiente, hasta dos fallos pueden ser admisibles. Es muy generosa. Yo no lo soy tanto. Procura no equivocarte”.
Apenas terminó de hablar Mistress Ana propinó un tremendo puntapié en los testículos de petra. Dos años antes aquella acción la habría enviado al suelo aullando de dolor, pero no ahora. Con un estremecimiento el único sonido que salió de su boca fue el Nombre de su Ama.
Con una suave caricia, Mistress Ana le puso la máscara diciéndole “Veo que has comprendido, esclava. Sigue así. Es fácil”.
Un empujón en la espalda la hizo ponerse a cuatro patas. Una tras otra las Mujeres la cabalgaron hasta que de pronto la forma familiar del Divino Trasero de su Ama se aposentó en su espalda. “Mistress Ana” dijo petra inmediatamente.
Alguien sujetó una correa a la anilla del collar que cerraba la máscara y comenzó a tirar de ella paseándola por el gabinete. petra sabía que no era su Ama, la cadencia de Su Paso cuando paseaba a Sus perros era inconfundible.
Si aquello era todo lo que tenía que hacer, petra estaba segura que no fallaría a su Dueña. Pero la velada apenas estaba empezando.
Las bofetadas y los pellizcos en los pezones no supusieron gran problema. Conocía bien Sus Manos.
Tampoco le resultó difícil identificarla cuando fue Ella la que caminó sobre su cuerpo tendido, ni cuando hundió con saña los tacones en sus testículos.
Los latigazos y fustazos la hicieron dudar. Mistress Ana era una experta en el uso de ambos instrumentos, pero quizás alguna Otra también lo fuera... Hasta seis veces creyó reconocer Su Habilidad detrás del golpe que recibió y así lo proclamó otras tantas, pero por primera vez en la noche la duda entró en su cabeza.
Las dudas volvieron cuando, inclinada sobre el potro, con las manos atadas a él fue sodomizada repetidamente y en ninguna de sus violadoras reconoció los golpes secos y profundos a que la había habituado su Ama. ¿Era eso posible?.
Su inquietud se calmó un tanto cuando, de nuevo arrodillada, se le requirió adorar hasta diez veces diferentes Nobles Traseros. Ninguno pertenecía a Mistress Ana. De eso estaba segura.
Cuando después de una breve conducción se la obligó a agachar la cabeza y comenzar a lamer las botas que se ofrecieron a su boca, volvió a sentirse segura. Lamió cuidadosamente, con delectación. Sin lugar a dudas aquellas eran las botas de cordones de su Ama. Eran inconfundibles. Las había limpiado decenas de veces. Las reconocería en cualquier parte. Altas hasta la rodilla. Con 16cm del más fino tacón. Entusiasmado casi gritó “Mistress Ana” antes de continuar pasando su lengua por ellas.
Notó que su Ama se inclinaba hacia delante y empezaba a bajar la cremallera de la bota. Rápidamente, captó el mensaje y procedió a quitársela. Apenas la hubo dejado a un lado, el Pie que acababa de descalzar buscó su boca. De forma automática la abrió para recibirlo en ella...
Algo iba mal. Quizás fueran las medias... pero no... aquel Pie no pertenecía a su Ama... no había duda posible... el pánico se apoderó de ella para dar paso de inmediato a una profunda tristeza... ¡había fallado!.
Las
lágrimas pugnaban por salir de sus ojos, pero petra sabía que debía
continuar.
Después
de aquello la sesión se prolongó largo rato, pero tan solo una vez en ese
tiempo petra reconoció la acción de su Ama, cuando arrodillado acababa de
satisfacer a una de Las Damas con su lengua y Ella tiró con fuerza de su collar
para desde su espalda apagar con saña un cigarrillo en su pezón derecho.
Por fin el juego terminó. Ya sin la máscara petra oyó con infinita pena el deje irónico en la voz de Lady Claudia cuando, al despedirse, decía
“Puedes estar orgullosa de tu esclava, querida, un solo fallo en más de tres horas... realmente impresionante...”
Las cuatro Mujeres salieron dejando a petra arrodillada en el gabinete. Unos minutos después volvió Mistress Ana. petra la oyó llegar. Se inclinó sobre su hombro y Su Voz sonó suave, pero firme
“No lo has hecho mal, esclava... pero has fallado... Solo una vez, pero es lo suficiente para hacerme quedar mal. Deberás pagar por eso, lo sabes, ¿verdad?”.
“Sí Mistress Ana” contestó petra
“Pagarás, te lo prometo... pero no esta noche. Esta noche te daré tiempo para que pienses en tu falta. Para que comprendas su gravedad. Porque mañana, serás tú la que elijas tu castigo. Procura no volver a defraudarme...”
Sin otra palabra Mistress Ana la había preparado para pasar la noche y había abandonado el gabinete...
Los minutos siguieron pasando. Pronto sería de día. petra había tenido mucho tiempo para pensar. Comprendía la magnitud de su falta y que el castigo debía ser adecuado a ella. El nuevo día sería el más largo de su vida, lo sabía, pero estaba dispuesta para lo que se avecinaba. Pasara lo que pasara, no volvería a decepcionar a su Ama.
Diciembre 2003
A mi maravillosa Mistress Ana, o una historia de amor, o memorias de nuestras reuniones de castigo.
A veces creo que soy un masoquista nato incluso si esto va en contra de la naturaleza. Probablemente se deba a que he tenido una educación muy dura de niño. Mi necesidad de dominación, humillación, degradación y dolor ha crecido con los años. Hoy creo que puedo dejarlo todo y servir a una Mistress a tiempo completo.
Tengo buena reputación como formador profesional de directivos y he pasado muchos años granjeándome esa reputación. Cada vez que visito edificios antiguos, como viejos castillos, donde a veces celebramos seminarios, pasó el tiempo pensando que quizá haya una mazmorra en algún sitio y, si la hay, quizá haya un esclavo sirviendo a una Mistress en el castillo.
Pero todo esto ha quedado atrás y la estrella en mi cielo se llama Mistress Ana. Como siempre, estaba mirando la guía de Dóminas de Max Fisch en Internet. Puesto que tenía planes de ir a Madrid miré el capítulo de España. Allí encontré varias Mistresses. Tras mirar toda las páginas web elegí a Mistress Ana. Todo su mensaje, fotos e información me resultaban emocionantes, excitantes y me ponía a cien. Me decidí a enviarle un correo electrónico describiéndole mis necesidades y a mí mismo. Ella necesitaba una información muy detallada. También le dije que mi castellano era igual a cero. Me respondió diciéndome, con respecto a mi problema de idiomas que "no te preocupes por eso. Ya te enseñaré utilizando métodos especiales".
Así que conocí a mi Mistress el año pasado y esto creó una nueva dimensión para mí. Nunca me olvido del primer encuentro. Siempre estoy nervioso al iniciar una nueva experiencia. Había comprado una botella de champán y le había traído un pequeño caballo de madera (dalahorse) de Suecia. Entré en el ascensor y pulsé el botón correspondiente al decimotercer piso. Allí estaba, en pie frente a su puerta y mi corazón latía como dando golpes de mazo. Toqué el timbre y esperé. Tomó cierto tiempo. Fue casi una eternidad pero de repente se abrió la puerta y allí estaba, mi hermosa Mistress. Se me prohibió, y aún tengo prohibido, mirarle a mi Mistress a los ojos y esto lo he aprendido tras varias bofetadas en la cara. Esta fue de hecho la primera experiencia de mi aprendizaje. Le entregué la botella de champán y me dijo que fuera al baño y me desvistiera.
Cuando hubiera acabado podía ir a su habitación para ser inspeccionado. Me dijo que no me moviera y por supuesto que no le mirara a los ojos. Me puso entonces unas esposas. Mi Mistress me colocó entonces en una silla a la que me ató con cuidado. Lugo colocó pinzas en mis pezones, pinzas de las de dientes de cocodrilo. Y entonces Mistress Ana empezó su primera clase de español. Me dijo que le dijera todas las palabras en español que conociera. Si una palabra no estaba bien o si no sabía explicarla, o si dejaba de hablar, me daba un fuerte golpe de fusta. Siempre sobre mis piernas. A veces optaba por utilizar una correa de cuero. Esto continuó durante 20 minutos. Luego, de repente, mi Mistress me flageló con un pequeño latiguillo de nueve colas sobre los pezones hasta arrancarme las pinzas.
Todo lo que hace mi Mistress lo hace en un ambiente impredecible. Nunca sabes lo que va a ocurrir. Una cosa es segura: ocurre. Mucho dolor, pero siempre dolor positivo, el dolor que me gusta y el dolor con el que sueño. Ella verdaderamente sabe crear un ambiente sádico.
Luego me soltó y tuve que ponerme en pie contra la pared. Sin moverme. Completamente quieto. Lentamente, sacó una vara y empezó a provocarme con unos pocos golpecitos suaves. Luego paró y me dijo una vez más que me estuviera quieto y que mirara a la pared. De repente sentí unos golpes fortísimos sobre el culo. Me dijo que los contara en castellano. Paró después de 15 golpes. Podía sentir el ardor pero al mismo tiempo algo especialmente fantástico. Pedí más. "Más, por favor". Pero esto fue todo por esta vez.
Mi Mistress tiene un brazo muy fuerte, lo que por supuesto facilita mucho una sesión de canning. Volví a soñar toda la sesión en mi viaje en taxi al hotel, pero también durante la noche. Ella es distinta. He conocido a muchas Mistresses, pero ella es distinta.
Cuando dejé a Mistress Ana esa noche sólo tenía una cosa en la cabeza, volver a contactar con ella para tener otro encuentro.
Mi siguiente encuentro con ella fue dos días después. El mismo procedimiento. Champán y un golpe en la cara porque me pilló mirándole a los ojos. No lo pude evitar, pero valió la pena. Tal y como dije antes, es impredecible. Nunca sabes lo que va a ocurrir. Después de desvestirme, mi Mistress me dijo que me sentara en la silla. Luego me ató hasta conseguir inmovilizarme por completo. Me vendó los ojos y colocó una de sus medias dentro de mi boca, que selló con esparadrapo. Luego sacó dos pinzas de ropa y las puso en mis pezones. Entonces agarró una cuerda y la ató a las pinzas doblándolas hacia abajo, lo que me ocasionó mucho dolor en los pezones.
Y luego, de repente, me dejó solo. La oí marcharse a otra habitación. Después de un buen rato mi Mistress volvió. Pude oler algo quemándose. Fui torturado con cera por todo el cuerpo, especialmente en los pezones y en el pene. La sensación es enorme, el dolor, el ambiente, mi Mistress, la inmovilidad, todo se combina en un sueño fantástico. Ella hizo la combinación. Ella lo creó todo.
Y luego empezó a hacerme preguntas en español. Por supuesto, no podía responder. Tenía la boca llena con su media. Me dio diez golpes de fusta por no responder; sobre las piernas, y fue duro. Seguimos así bastante rato. Evidentemente, a mi Mistress le gustaba torturarme así. Luego sacó la media de mi boca y empezó con la lección de castellano. Por suerte, había podido estudiar algo de español desde la última vez. Al menos lo bastante para responder a sus preguntas. Pero el mismo procedimiento que antes. Si respondía mal me ganaba diez fustazos. Acabó con la lección de castellano y me quitó la cera a fustazos, pinzas incluidas. Esto duele mucho.
Luego me desató y me ordenó que me pusiera de pie frente a la pared. Ya sabía lo que iba a ocurrir. Me dio veinte cañazos. Diez primero, luego una pequeña pausa, y luego otros diez. Por supuesto, tuve que contarlos en castellano. Contar en castellano se me da muy bien ahora.
Luego me dijo que me tumbara en el suelo y adorara los magníficos pies de mi Mistress. Este fue el final de nuestra sesión. Como siempre con mi Mistress, fue muy especial. Al estar tumbado en el suelo, completamente quieto, puso sus pies, uno después del otro, sobre mi cara y me dijo que lamiera y adorara. Fue una experiencia fantástica. Nunca pensé que el fetichismo del pie fuera conmigo. Esta sesión me provocó sueños de ser su esclavo a tiempo completo (24/7). Tenía que marcharme de Madrid para volver a mi país pero me prometí volver.
Entretanto, soñaba con ser un esclavo a tiempo completo de Mistress Ana. Le enviaba un correo electrónico cada semana tratando distintos asuntos pero la mayoría trataban sobre mi siguiente viaje a Madrid. Era extraño, pero varias noches soñaba con ser el esclavo a tiempo completo de Mistress Ana. Este sueño se repetía muchas noches.
Todo empezó con una pregunta que le hice por correo electrónico, si me dejaba ser su esclavo de 24/7. Esperé dos semanas antes de recibir respuesta. Cuándo llegó fue afirmativa, si bien ella añadía: "siempre bajo mis condiciones y esto se aplica a todo. No puedes elegir, ni pedir piedad. Deberás tomar todo lo que recibas de mi. Y no hablo de comida. Hablo de dolor. Te enseñaré a recibir mucho más dolor de lo que recibes ahora. No te olvides que te utilizo como un juguete. Incluso si somos amigos, debes saber cuál es tu sitio en la relación entre esclavo y Mistress".
Después de esta respuesta afirmativa empecé a planificar mi viaje a Madrid. Mi mujer había decidido ir a otro sitio con una vecina amiga. Siempre buscan vuelos en el último momento. Por fin decidimos tomarnos unas vacaciones de dos semanas, cada cual por su lado.
Ahora volvía a estar allí, en el ascensor, pulsando el botón de su piso. Mis sensaciones eran como las del primer día, excitantes, pero con algo de miedo.
"... bajo mis condiciones y esto se aplica a todo. No puedes elegir, ni pedir piedad. Deberás tomar todo lo que recibas de mi. Y no hablo de comida. Hablo de dolor. Te enseñaré a recibir mucho más dolor de lo que recibes ahora. No te olvides que te utilizo como un juguete. Incluso si somos amigos, debes saber cuál es tu sitio en la relación entre esclavo y Mistress"
Allí estaba de pie, delante de mi Mistress. "Así que te atreviste a venir. Sabes que ahora es demasiado tarde para marcharte. Verdaderamente tengo muchas ganas de tener un esclavo a tiempo completo. A la vez, tendré un juguete con el que experimentar. Durante esas dos semanas puedo garantizarte que doblaré tu nivel de dolor. Habrá ejercicios al menos dos veces al día. He comprado una vara especial para ti. La llamo la caña de Nils".
Quítate la ropa y túmbate sobre la mesa. Probemos ahora con la caña de Nils. Ahora, esclavo, quiero que cuentes los golpes. Puedes estar seguro de que no nos pararemos en diez. Cuenta en castellano, por favor. Y así empezó mi formación, tanto mis lecciones de español como mis lecciones como esclavo. Sabía que aguantaría bien los diez primeros, pero después de eso... cuando llegamos a doce falló mi castellano y hubo que empezar de nuevo. Debo admitir que tenía cierto problema a la hora de contar, porque cuando volvimos a llegar a 12 dolía muchísimo. Los seis últimos no estuvieron demasiado mal. De forma un tanto extraña el dolor se tornó en una sensación maravillosa que cabía perfectamente dentro de mi disposición masoquista.
Desgraciadamente siempre me despierto de mis sueños sensacionales, los sueños en los que puedo estar con mi Mistress. La adoro. Adoro adorarle los pies. Su forma de castigarme con la caña, a la vez que se preocupa por mi estado. Mi sueño ahora es volver a encontrarme con ella de nuevo. Nos comunicamos por correo electrónico y ello me da motivos para entrar corriendo a mi despacho y encender el ordenador para ver si hay correos de mi Mistress Ana.
Muchas, muchas gracias por todo. Hasta que nos volvamos a ver.
Su humilde esclavo Nils.
Enero 2003
Hace muchas semanas que tengo este escrito en mi poder, sin decidirme a publicarlo por el mucho trabajo que corregirlo suponía. Parece que el autor no ha oído hablar de sinónimos, y cuando le gusta una palabra la repite diez veces en tres líneas. Acentos si puso; dos o tres y donde no correspondía. Espero no haber olvidado ninguno.
Aquí lo tenéis; si os gusta, mejor para vosotros y, si no, consideradlo un castigo de mi parte :-))
Relato
(por un esclavo inepto)
Cuando llegué me temblaba todo el cuerpo. Al escuchar la
voz de mi Ama por el telefonillo el temblor se multiplicó por mil.
Era un día especial porque mi Ama me iba a marcar. Esto significaba que desde entonces podría disfrutar de servirla como un esclavo formando parte de su cuadra de esclavos. No seria un cliente mas que iba de vez en cuando, sino un esclavo que iría días determinados a cumplir funciones determinadas por mi Ama: masajearle los pies cuando ella me lo pidiera, limpiar el suelo de su casa con mi lengua, quitar el polvo de los muebles vestido de chacha con un plumero alojado en mi trasero, hacerle la comida, lustrar sus zapatos con mi lengua, ir a comprar para ella, servirle de escupidera, de cenicero, de mueble, de perro sujeta lámparas, servirle de asiento con mi cara, de reposapiés, y muchas mas cosas que se le irían ocurriendo a mi Ama. La lista sería tan grande como su imaginación decidiera.
Con estos pensamientos me olvidé de donde estaba y sonó la campanilla del
ascensor: había llegado.
Todavía me temblaba todo el cuerpo cuando traspasé la puerta. No vi a mi Ama
pero notaba su presencia.
-¡Cierra la puerta esclavo! ¡Y desnúdate ya!
Temblando, me desnudé en una habitación que había en la entrada y donde ya lo
había hecho otras veces. Me puse una máscara que siempre llevaba y mi collar
de perro, ganado tras varias sesiones en las que el cuero marcó mi carne y que
fue para mi una ilusión maravillosa.
Desnudo, a cuatro patas con la máscara y el collar aparecí frente a mi Ama, que estaba en un sillón tomando una copa de algo que parecía vino.
Lo primero que hizo cuando me vio fue beber un sorbo de vino, escupírmelo a la
cara y soltarme dos sonoros bofetones. Sin inmutarse, comento:
-Hola perrito...
¿Sabes que día es hoy?
-Si, mi Ama.
-¿Que día es
perrito?
-El día en el que
mi Ama me va a marcar para formar parte de su cuadra y poder servir así a mi
señora para el resto de mi vida.
-¿Sabes donde están
las esposas perrito?
-Si, mi Ama.
-Ve por ellas.
A cuatro patas fui a por ellas. Se las traje en la boca. Tomó las esposas y me
las colocó en las muñecas con las manos detrás de la espalda.
-Bueno, el perrito no querrá que sea todo tan rápido ¿no?
-Vamos a divertirnos un poquito antes -y antes de acabar la frase me golpeó en los testículos con la puntera de sus zapatos dejándome doblado-
-Gracias mi Ama -dije- retorcido de dolor en el suelo.
Me cogió de la cabeza, me la levanto e hizo que mi cuerpo se irguiera de
rodillas como estaba y me golpeó otras cuantas veces en los genitales. Llegó
un momento en el que el dolor no me dejaba responder correctamente, momento en
el cual mi Ama salió de la habitación.
Me acababa de
levantar cuando note que algo cortante rasgaba mi carne: mi Ama había tomado su
látigo y me fustigaba. Yo permanecía en el suelo intentando incorporarme, pero
el infinito dolor me lo impedía, cada vez que me levantaba el látigo me
fustigaba en la cara y en el cuerpo, en el pecho y en la espalda.
Mi Ama cambiaba cuando fustigaba: su rostro tranquilo se tornaba horrible,
iracundo; diabólica como un monstruo de odio y terror. Eran momentos mágicos.
No sé cuanto duró este maravilloso tormento, solo sé que me pareció eterno.
Cuando no pude soportar mas el dolor mi miembro perdió su estado anterior y comenzó
a erguirse.
-Vaya, vaya... el perrito tiene una erección -dijo mi Ama-, agarrándome por
los testículos y clavándome las uñas fuertemente
-¡Vamos!
Me llevó, así
agarrado, haciéndome un daño horrible, hasta otra habitación.
Cuando me senté en un potro de aspecto extraño me sentí fascinado: el momento
se acercaba.
El potro era pequeño y no levantaba mucho del suelo, yo me tenia que tumbar y, mientras que mi cuerpo quedaba amarrado, mis genitales quedaban pegados al suelo.
Me amarró todas las extremidades y me preguntó si quería que me tapara la
boca. Aunque yo contesté que no, ella me introdujo sus medias en la boca y las
fijó con cinta americana a mi cara.
Mi Ama puso una vela ante mi cara y después se quitó uno de sus zapatos y, dándomelo
a olfatear (Los zapatos de tacón de acero eran los preferidos de mi Ama), me
abofeteó repetidas veces hasta que le dio por desternillarse de risa.
Después colocó el zapato al lado de la vela de modo que la ultima parte del
tacón se calentara con la llama.
Cuando la vela calentó el extremo del tacón y lo puso al rojo vivo, ella
tranquila y sensualmente introdujo su maravilloso pie en el zapato.
-No hay marcha atrás. Piénsalo bien perro, es el momento más importante de tu vida.
-¿Te das cuenta de lo que esto significa? -preguntó mi Ama-
Con la cabeza le indique que si.
-¿Entonces
consientes perro?
Con la cabeza volví
a indicar que si.
Ella tiró de mi collar fuertemente, puso todo mi cuerpo en tensión y piso con
su tacón todavía al rojo en mi prepucio. Noté un dolor horrible, el mas
grande que jamás había sentido, noté como su tacón me atravesaba el
prepucio. Al tener los genitales en contacto con el suelo, ella pudo pisar
fuerte y marcar bien.
Mientras duró esto mi dolor se multiplicó por un millón. Intenté gritar,
pero la mordaza me lo impedía. Me movía convulsivamente, destrozado por el
dolor. Ella pisaba fuertemente, sin compasión.
Después el vacío y la oscuridad cayeron sobre mí y mi conciencia se desvaneció.
FIN!!!
Enero 2003
Algunos encuentran muy duros los relatos de mis esclavos, por eso he decidido poner uno escrito por mi, que no debe de estar mal, ya que fue publicado en la revista Sumissa en enero del 2000.
Ahora un poema que me envía un esclavo "huído", al que la libertad no ha hecho muy feliz
Muriendo, poco a poco, en el deseo
Desde el abismo de una noche oscura,
me rescataste, mi Dueña, con tu mano
y en tu seno, de níveas esperanzas,
me sostuviste, inmaterial, ingrávido.
Me proyectaste, vivo y sometido,
hacia la tempestad ardiente de tus sueños
y en la cumbre, la cima de mi vida
dejaste huella devota y entregada.
Dominadora insigne ya has cumplido
de sobra, sabes, con mis desventuras.
Tiempo ha llegado, al fin, de someterme ciego;
de postrarme a tus plantas y adorarte.
Es el momento excelso de la entrega gozosa...
de la contemplación, muda y solemne, de la Diosa
H.G. 06/02/2001
En el siguiente relato, uno de mis esclavos a distancia, cumpliendo mis órdenes, describe como imagina su primera sesión en directo. En él se mezclan, por tanto, realidad y ficción.
LA PRIMERA VISITA
A la hora indicada llamé a la puerta. Alguien abrió y supe que era Mistress, a la que sabía no podía mirar directamente a los ojos.
Tras formales saludos, me hizo pasar y me ordenó estar de pie en lo que parecía el ambiente principal de la casa. Al cabo de unos instantes -mi corazón latía atropelladamente- me dijo que prestara atención a lo que ella iba a decir.
Esclavo -dijo con voz suave pero firme- quiero que pases a ese cuarto y te desvistas por completo. Si no estas debidamente pulcro puedes usar ese cuarto de baño. Yo entraré dentro de diez minutos y deberás estar listo, de rodillas y dando espaldas a la puerta. No quiero demoras ni que hables sin permiso expreso.
Ingresé al cuarto, me desnudé y procedí a asearme en el baño. No tenía reloj, me preocupaba no cumplir y por eso me apuré todo lo posible.
El Ama entró, felizmente yo estaba listo, y me mandó ponerme en cuatro patas y seguirla. Así lo hice e ingresamos nuevamente al cuarto principal. Allí me ordenó ponerme de pie y dando vueltas alrededor mío me observó con detenimiento. Mistress se sentó en un sillón y me dijo: Ahora y por única vez podrás mirarme, tan sólo un minuto; aprovéchalo ya que nunca volverá a repetirse.
La miré curiosidad y temor, me pareció aplomada e imponente. Parecía dulce pero decidida y firme. Era más bella y fresca de lo que yo conocía por fotos. Creí imposible tener frente a mi a la Dómina que me sometía desde hacía tiempo. Fue una sensación indescriptible que no olvidaré.
Dijo entonces: el tiempo terminó, baja la vista y nunca más vuelvas a mirarme a la cara. Te recuerdo que no debes tocarme bajo ningún concepto y ello constituye falta grave. Cuando te indique horarios para ejecutar órdenes has de desvivirte por cumplirlos. Si no lo logras serás severamente castigado. Las penas se irán acumulando y no reviso sanciones. Ya tendrás claro como debes portarte, sino aquí lo aprenderás muy rápido y duramente. Salvo orden expresa, tienes prohibido eyacular, desobedecer esto es falta gravísima.
Sobre esa mesa encontrarás todos los elementos necesarios para lo que deberás hacer y paso a explicarte. Dispones de un minuto, a partir de la orden de. comenzar, para reconocer todos los instrumentos que usarás en lo que será un espectáculo dedicado a mi. Quiero que en exactamente 25 minutos montes un verdadero y completo repertorio de todo lo que te he ido ordenando en este tiempo. Corno comprenderás deberás resumir y elegir lo que sea más importante, espero que aciertes o te arrepentirás. Deberás procurar cierto orden cronológico que no te permito alterar. Administra bien tu tiempo eso es muy importante; en la pared que está detrás de ti hay un reloj, puedes mirarlo. Esfuérzate para ejecutar serena pero severamente cada cosa. Yo no te interrumpiré, soy la homenajeada de la función y quiero saber cuanto has aprendido y cuan entrenado estás.
Noté que Mistress encendió un cigarrillo y se acomodó bien en su sillón. Puedes comenzar dijo lacónicamente.
Fui hasta le mesa y vi un completísimo equipo de disciplina, castigo y dominación, había también prendas de vestir. Reconocí los elementos y controlé el minuto que se me asignó en el reloj de pared.
Puntualmente comencé con lo primero que Mistress me había ordenado a distancia que fue colocarme las medias negras y broches en los pezones. Luego seleccioné un consolador anal eligiendo uno de tamaño medio, le coloqué un profiláctico y me penetré en forma suave pero decidida previa lubricación con vaselina. Con un cordón similar al que yo usaba me até como sabía y lo más fuerte que pude. El consolador era más grande del que yo estaba acostumbrado pero me esforcé por no mostrar dolor. Las pinzas también eran más rigurosas que las mías.
Siempre controlando el tiempo seguí con mi demostración. Casi en punto, me excedí unos segundos, terminé mi actuación, ordené los elementos y me quedé de pie mirando al piso.
Mistress dijo con serenidad: Esclavo, tu demostración me ha gustado, tal vez podrías haber puesto más energía, pero has estado bien. Te advertí que respetaras los horarios que te impongo, te has excedido un poco en tiempo y serás corregido oportunamente por eso. Hasta aquí has actuado tú, ahora viene mi turno, no quiero quejas ni reacciones de niño asustado. Quiero que sepas que si tengo que amordazarle, los castigos se incrementarán sólo por ello. Procura relajarte y no expresar dolor porque eso sólo me llevará a procurarte más dolor.
Dicho ello se puso en pie, me ordenó pararme junto a la mesa de los elementos y me esposó las manos a la espalda. Luego advertí que de un estante el Ama sacaba algo que luego supe era un cinturón metálico que ajustó a mi cintura. Acto seguido tomó un consolador más grande que el que yo usara antes, le colocó un condón y me ordenó agacharme delante de ella y mantenerme inmóvil. Me penetró duramente y me colocó una especie de cinturón de castidad con una traba que sostenía y ajustaba el consolador. Me puso pinzas en los pezones que tenían unas campanitas colgando y se volvió a su sillón.
Escucha esclavo -dijo- quiero música armoniosa; que hagas sonar esas campanitas constantemente y hasta que yo te diga. No debe haber silencios...
Empecé entonces a moverme corno podía y noté que aquello no era fácil. Era preciso hacer movimientos bruscos porque las campanitas no sonaban todo lo que hubiera parecido. Esto hacia que se incrementara el rigor de las pezoneras y que me torturara el consolador a cada movimiento. Recordé que no debía hablar, gemir ni quejarme y apreté los labios con fuerza.
Seguí con mi danza dolorosa hasta que Mistress me ordenó quedarme quieto y firme. Yo estaba muy agitado pero procuré que no se notara, me dolía todo el cuerpo pero sobre todo los pezones y el ano.
Al cabo de unos instantes Mistress dijo: Esclavo, quiero que a partir de la orden de comenzar, pongas todo tu esfuerzo en succionarte el pene. No me Importa si no llegas, quiero ver desesperación en cumplir. Puedes ponerte en la posición que quieras pero deseo ver esfuerzo y obediencia total. Ya puedes comenzar.
Hice lo indecible por llegar con la boca al pene, pero obviamente no pude. Me coloqué de rodillas, me senté en el piso y también lo intenté de pie. No había forma, estaba lejos, muy lejos pero seguía retorciéndome como podía.
No me parece que pongas el debido esfuerzo esclavo -dijo Mistress desde su sillón- te has ganado una sanción.
Ahí me enteré cual era la utilidad del cinturón, era un instrumento para producir descargas eléctricas a control remoto. Fueron dos descargas cortas pero terribles. Espero que mejores esclavo -escuché desde el sillón-, sigue intentándolo con más disposición o te encenderé como unas bombilla de luz. Seguí con rnás empeño si ello fuera posible, lo que casi me agotaba y los elementos que tenía aplicados cada vez me dolían más.
Ahora recuerdo que te has excedido en el tiempo de tu actuación -dijo el Ama- casi se me olvida. Tras lo cual llegaron dos descargas más desde el terrible cinturón. Quédate quieto y descansa, dijo Mistress.
A los pocos minutos me ordenó pararme junto a la mesa de elementos, me quitó las pezoneras y refregó con evidente placer mis dilatados pezones. Luego me pasó por el cuello lo que parecía un collar que pronto comprendí era para sostener dos recipientes de goma. En uno de ellos puso hielo y agua caliente en el otro. Esos recipientes los sujetó uno a cada pezón y alternativamente iba poniendo
el del hielo donde estaba el del agua y viceversa. No se puede describir lo que sufrí con esa verdadera tortura térmica. Seguidamente, sobre los pezones dilatados e irritados colocó unas pinzas metálicas y las conectó al cinturón. Cuando me puso las pinzas no pude evitar una exclamación de dolor, terminó su labor y me dijo: Esclavo, es la última exclamación que permitiré, a la próxima te amordazo y ya sabes lo que implica eso. No quiero que de tu boca salga sonido alguno si yo no lo mando.
Tras ello me ordenó sacar la lengua y me Indicó que la azotaría, luego de cada golpe yo debía expresar: "azote número..., los recibo por hablar y quejarme". Me advirtió que si equivocaba la cuente empezaríamos desde el principio.
Fueron quince azotes en la lengua y afortunadamente no confundí la cuenta.
Luego me ordenó hacer flexiones de piernas y quedarme en lo que se llama media flexión. Eso es terrible porque uno comienza a temblar al no estar de pie ni flexionado. Si el Ama entendía que yo temblaba antes de lo debido venía la descarga eléctrica que ahora comprometía también los pezones.
Dijo entonces -Estas lento y duro esclavo, yo te voy a entrenar para que cumplas y me satisfagas más ágilmente. Tras lo cual me ordenó correr a su alrededor sin tocarla. Mistress caminaba por la habitación y yo corría lo que hacía casi insoportable el dolor en el ano.
En un momento, sin darme cuenta, la rocé levemente y recibí una serie de descargas que me paralizaron. Te dije que no me toques -expresó enfáticamente -, parece que tú no entiendes bien yo te enseñaré a obedecer.
Mientras yo seguía corriendo, Mistress tornó una fusta y cada tanto me castigaba en los genitales y en las piernas. En un momento bajé mi ritmo de carrera y la descarga eléctrica no se hizo esperar.
Esclavo, quédate quieto y respira -dijo- puedes descansar unos minutos. Noté que encendía un cigarrillo y me ordenó nuevamente intentar succionarme el pene. Puse todo mi esfuerzo y creo haber llegado más cerca esta vez.
¿Has visto esclavo?, has mejorado, la disciplina te hace bien -dijo con vos irónica-. Sigue, sigue hasta que yo te diga. Después de un rato me ordenó arrodillarme y meditar sobre lo que había ocurrido en la sesión.
Me fue sacando los elementos que tenía colocados, los dejó sobre la mesa y al cabo de un rato dijo: Esclavo, por hoy es suficiente, tienes pasta de esclavo y por ello deberás cumplir mejor que otros. Yo te domaré debidamente. Puedes vestirte ahora. Cuando estés listo sal de aquí sin mirar atrás. Descansa bien, mañana te espero a la misma hora, quiero que aproveches el viaje. El tratamiento será intensivo. Buenas tardes.
Esclavo César.
12/12/2000
DEDICADO A MISTRESS ANA DE SADE
Respetada Mistress Ana:
Siguiendo sus órdenes, he redactado un artículo que recoge la 1ª sesión que Vd tuvo a bien concederme hace unas semanas.
Me hará muy feliz que Vd la emplee como mejor le plazca de acuerdo a sus deseos.
Su mas respetuoso:
Esclavo Miguel.
MI
SESION CON MISTRESS ANA DE SADE
Tengo 40 años y soy ejecutivo de una empresa multinacional en Madrid. Siempre tuve tendencias masoquistas aunque desgraciadamente no he sido muy afortunado en cuanto a experiencias vividas.
Un día, estaba navegando en Internet y dí con la página www.alt.com sobre sadomasoquismo (BDSM). Entré en la hoja de España y escogí el anuncio de anadesade, Ama de 48 años que allí se anunciaba. No sé exactamente por qué escogí ese anuncio y no otro entre los pocos que había. Quizá porque me atraía el nombre y edad de la anunciante pues siempre he sentido debilidad por las mujeres maduras por la sensación de seguridad, experiencia y autoridad que producen en mi personalidad masoquista.
Pude ver el mensaje de un Ama bastante atractiva, a juzgar por su foto, y que parecía bastante versada y segura de sí misma en lo que respecta a sus ideas sobre el sado y la dominación. Su mensaje me inspiró confianza y seguridad.
Le envié un mensaje un e-mail en el que volqué mis mejores maneras y mi respeto, solicitando su atención y su tiempo. Su respuesta me llegó, por la misma vía, en una semana y decía que era Ama profesional y que, dado el esmero de mi carta, me recibiría si yo era capaz de cumplir ciertos requisitos que me enumeró.
No tardé mucho en responder a su carta manifestando mi aceptación de los requisitos y solicitando una sesión con ella. Pocos días después, recibí un segundo e-mail de Mistress Ana de Sade ofreciéndome su nº de teléfono para que la llamase, lo que hice días después.
En esta primera conversación telefónica escuché la voz de una mujer que sonaba suave y segura a la vez, agradable y enérgica. Me citó un día a las 19.00h y me transmitió telefónicamente sus primeras órdenes: debía llamarla siempre de Vd, decir siempre “si Mistress” o “no Mistress” al responder a una pregunta y jamás, jamás, mirar a su cara y mucho menos a sus ojos. Además, me ordenó acudir vistiendo ropa interior femenina, bragas, medias y liguero.
Cumplir esta última orden me fue difícil y embarazoso pues nunca me he vestido de mujer. Compré lo ordenado en un gran almacén sufriendo que la empleada me mirase como si yo fuese un pervertido.
Fui puntual. Llamé a su apartamento a la hora convenida. Llevaba puestas mis bragas, medias y liguero negros. Abrió ella misma y yo bajé la mirada, si bien pude apreciar sus botas de alto tacón y caña hasta la rodilla, cubría su cuerpo con una bata negra de seda y, si bien no podía apreciarlo por mi baja mirada, veía vagamente su cara y notaba, sobre su pelo, algo blanco, luego supe que era un pañuelo de seda, que rodeaba y sujetaba su pelo, a modo de turbante, cayendo sobre su hombro izquierdo y que contrastaba con la bata negra. Su estatura, botas incluidas, venía a ser como la mía, 1,70 m aproximadamente.
Me ordenó pasar y situarme en el salón junto a la pared y mirando a ésta. Ella cerró la puerta y se acercó por mi espalda hablándome:
M: “Esclavo, pasa a esa habitación, desnúdate excepto tus medias y tu liguero, y sal a cuatro patas hacia este salón. ¿Lo has entendido?”.
Yo estaba un poco nervioso y arrastrando mis palabras contesté:
E: “Si, señora”.
Ella se acercó por detrás, agarró mi pelo con violencia y tiró de mi cabeza hacia atrás al tiempo que decía cerca de mi oído:
M: “Sí, Mistress”.
Grité de dolor y dije inmediatamente:
E: “Sí, Mistress”,
M: “Pues muévete”.
E: “Sí, Mistress”.
Me retiré a la habitación que ella me había indicado y me apresuré a desnudarme. Hice todo lo que ella me había ordenado. Salí vistiendo solo las prendas femeninas ordenadas. Caminé a cuatro patas hacia ella que estaba sentada cómodamente en un sillón. Yo estaba un poco nervioso.
M: “Esclavo, permanece a cuatro patas enfrente de mí. Mientras te interrogo podrás mirarme. Quiero que veas como es el Ama que te va a dominar. Aprovéchate pues después te será prohibido. Contesta de la manera mas franca y sincera a mis preguntas”.
Mi postura a cuatro patas y su permiso para mirarla se contradecían. Tuve que forzar mi postura y mi cuello para lograrlo. No obstante, podía ver lo suficiente para apreciar su aspecto. Era morena, bastante atractiva, aspecto muy bien cuidado, el pañuelo blanco sobre su pelo le daba un aire mayestático, se había quitado su bata negra, lucía unos hombros preciosos seguidos, hacia abajo, de un corset negro victoriano, seguían medias negras sujetas con tirantes al corset y las botas de cuero con largo tacón y plataforma. En sus manos, un bloc de notas y un bolígrafo.
Comenzó a preguntar sobre mi personalidad masoquista. Su interrogatorio duró unos 10 minutos y, en el, Mistress Ana fue explorando las tendencias mas significativas de mi personalidad masoquista, algunas de las cuales ya le había adelantado por teléfono. Ella tomaba notas. Mi perfil siempre ha sido bastante sumiso y amante de los castigos y el dolor, si bien me encontraba bastante desentrenado. Creo que ese mensaje, junto con mi deseo de obedecer, fue la principal conclusión que ella sacó de mí interrogatorio.
Se levantó y se dirigió a una mesa situada a mi costado donde se encontraban desplegados diversos objetos de castigo. Tomó una venda negra hecha con un tejido suave y esponjoso y se acercó a mí desde atrás.
M: “Esclavo, mi primera lección para ti se llama Confianza. No puede haber una sana relación Ama-esclavo si no hay confianza. Hoy quiero que vuelques tu confianza en mí lo que significa que te vas a entregar a mis cuidados ciegamente sin temer absolutamente nada malo de mí. La confianza debe ser total y ciega y por eso vas a estar una buena parte de la sesión con tus ojos vendados. Además. me excita terriblemente dominar a un esclavo cuyos ojos están vendados. ¿Lo has entendido?.
Por un momento, me intranquilizó lo que me dijo pero sus palabras me electrizaban y no era capaz de sentir o hacer nada que la contrariase. Contesté:
E: “Sí, Mistress”.
M: “Ponte de rodillas”.
Obedecí. Mistress Ana ciñó la ancha venda sobre mis ojos, la apretó bastante fuerte y la ató con dos nudos en la parte posterior de mi cabeza. Molestaba un poco. Era un tejido esponjoso que se fijaba a la piel y no se resbalaba ni se movía. Me sentía indefenso pero un sensación dulce de abandono me invadió.
Mistress Ana siguió hablando, yo seguía de rodillas:
M: “Esclavo, mi segunda lección se llama Disciplina. Te voy a hacer entender quien manda aquí, quien manipula tu cuerpo y tu mente y quien te va a proporcionar y alimentar la energía masoquista que necesitas para vivir.
Dicho esto, Mistress Ana me ordenó levantarme lo que hice con dificultad al carecer de visión. Me ordenó poner mis brazos atrás. Ató mis muñecas con un cordel que se notaba fino por lo mucho que se hundía en mi piel. Lo dio muchas vueltas y lo tensó bastante. El cordel mordía mis muñecas. No pude evitar el quejarme y moverme. Mistress Ana siguió hasta que terminó el trabajo. Después me puso esposas metálicas sobre mis muñecas ya atadas. Noté que se colocaba en mi frente y .... de repente..... “ZAS”, “ZAS”. Dos terribles bofetadas se estrellaron contra mi cara. La venda me había impedido saberlo antes de su descarga. Me quedé electrizado. Ella me espetó:
M: “No quiero quejas, esclavo”.
E: “Sí, Mistress”.
Después, Mistress Ana comezó a pellizcar mis pezones. Por un momento, creí que me estaba estimulando pero me equivoqué. Los pellizcaba para dilatarlos. Hecho esto, colocó sobre cada pezón una pinza metálica, de un par unido por una cadena, que me provocaron un doloroso pellizco.
Ella siguió con el castigo. Volvió a mi espalda y noté como introducía otra cuerda alrededor de mis codos. Noté que había preparado una lazada que a modo de torniquete ciñó sobre la parte superior de mis codos y la tensó y la tensó hasta que los codos se cerraron más y más sobre sí mismos llegando casi a tocarse. Mis huesos crujían, mis hombros se deformaban hacia atrás y mis brazos se resentían de dolor. Mis pinzas en los pezones mordían más por el tirón de la piel. Ella dio, a la cuerda, vueltas y más vueltas sobre mis codos para acabar entrelazando la lazada entre los codos y sujetando transversalmente los extremos con varios nudos. Todo me dolía. Ella adivinó mis pensamientos y me dijo:
M: “Esclavo, procura relajarte. Ahora duele pero luego dolerá más, mucho más, sobre todo si te agitas. Si estás relajado y resignado, lo sentirás menos.
E: “Sí, Mistress”.
M: “¿Querrías terminar y marcharte, esclavo?”.
La pregunta me extrañó. Contesté inmediatamente:
E: “No, Mistress”.
M: “Me hubiera dado igual. Me gusta acabar mis trabajos”.
Mistress Ana se colocó ahora en mi frente y me ordenó:
M: “Abre las piernas”.
Obedecí, oía ruidos que no podía identificar pues la venda me dificultaba la audición. Mistress Ana me levantó el pene con su mano y comenzó a pinzar profundamente la piel de mi escroto con pinzas que, por la mordida, parecían de madera. No supe contarlas. Las pinzas mordían mi piel una y otra vez repartiéndose por toda la superficie de mi escroto cuya piel se tensaba más y más. Debió colocar unas 20 pinzas en mi escroto mas dos pinzas mas que colocó en el macizo carnoso que tenemos justo debajo del glande y que, en mi caso, estaba descubierto por estar circuncidado.
Las pinzas mordían y dolían pero no demasiado o, al menos, así me lo parecía. Mistress Ana ciñó una cuerda a la parte frontal de mi cintura y la bajó hacia el frente haciéndola pasar sobre mis genitales ya pinzados. La caricia de la cuerda sobre mi pene y escroto pinzados me hizo estremecer de dolor. Me retorcí pero ella no hizo caso. Ella hizo a la cuerda seguir su camino por entre mis piernas hacia la parte de atrás de mi cintura para enlazarla con la parte de cuerda posterior que ceñía mi cintura y, después, hacerla volver hacia abajo otra vez sobre mis genitales pinzados. La cuerda tensa entre mis genitales provocó que las pinzas pellizcasen y mordiesen aún más mis partes íntimas. A cada vuelta y ciclo de cuerda, nueva sacudida de dolor. Así dos veces más. No podía aguantar tanto dolor. Era tan intenso que olvidé la difícil situación de mis brazos.
Finalmente, ató el extremo doble de la cuerda, a mi espalda, sobre la cuerda posterior de mi cintura. Hizo varios nudos muy tensos y me preguntó:
M: ¿Qué tal, esclavo?. ¿Duele?.
E: Si, Mistress.
M: Es solo dolor. Relájate y deja que actúe en tu mente. No te dejes dominar por él. Piensa en mí en todo momento.
E: Sí, Mistress.
Mistress Ana siguió trabajando. Ahora le tocó el turno a mis piernas. Rodeó mis piernas por encima de mis rodillas, y sobre mis medias, con otra doble cuerda que tensó y tensó. Yo intentaba resistirme pues preveía mas dolor para mis genitales y parte interna de mis muslos a causa de las pinzas, lo que sucedió inevitablemente. El torniquete sobre mis rodillas hizo a la masa de pinzas hundirse y castigar, aún más, la parte interna de mis muslos y morder aún más mis genitales al tiempo que forzaba mis rodillas a juntarse. Mistress Ana no dudaba, comenzó a dar vueltas y vueltas a la cuerda. Yo me encogí y grité. Ella paró. Sujetó la cuerda tensamente con la mano izquierda y con la derecha empezó a abofetearme sin compasión una y otra vez al tiempo que me decía entre bofetada y bofetada:
M: “Esclavo, ......., déjame trabajar.......... deja de portarte....... como una niña ...... o me enfadaré....... y lo vas a sentir de verás.....
Finalmente, entrelazó la cuerda de mis rodillas transversalmente sobre la misma cuerda y entre mis rodillas y tensó y tensó acabando con un nudo múltiple. Yo enloquecía de dolor apretando mis dientes.
E: “Mistress, por favor, un descanso. No puedo más”.
M: “Está bien, te dejaré descansar. Ponte de rodillas”.
Mistress Ana me obligó y me ayudó a arrodillarme. No fue ningún descanso. El suelo estaba cubierto de una gran estera de coco muy áspera que arañaba y lastimaba mis rodillas, a pesar de llevar medias. Mistress Ana, se acercó a mis tobillos por detrás y los ató con una nueva cuerda a la que dio muchas vueltas y tensó utilizando su lazada preferida.
M: “Bien, esclavo. Te puedo dejar descansar así unas cuantas horas o puedo seguir. Tú decides”.
Me aterré. Mi cuerpo me dolía terriblemente. Quería acabar aquello como fuese. Respondí:
E: “Por favor, Mistress, continúe”.
M: “Ahora no. Me apetece un cigarrillo. Descansa y relájate”.
¿Cómo iba a relajarme con aquel castigo?. Me quedé suspirando para que reanudase la sesión cuanto antes. Mientras las pinzas mordían más y más y su dolor se clavaba en mi cerebro, el cual solo podía pensar en el dolor y ..... en Mistress Ana.
Noté el humo de su cigarrillo cerca de mí. Debieron pasar unos 10 minutos más. Noté que ella se acercaba a mí y me decía.
M: “Esclavo, un objeto solo se vuelve mío cuando puedo y quiero utilizarlo. Tú vas a ser mi esclavo y quiero probar si eres digno de mí. Voy a azotarte 30 veces y a marcarte con mis golpes. La disciplina hará bien a tu mente. Te hará profundizar en tu sentido de la obediencia y de tu pertenencia a un ser superior. Al mismo tiempo te enseñará que tu cuerpo no es tuyo por más tiempo y que me debes tu esclavitud y tu entrega. No quiero aspavientos ni quejas. Contarás cada golpe de mi fusta y me los agradecerás con un “Gracias, Mistress”. ¿Has entendido?”.
E: “Sí, Mistress”.
Mistress Ana agarró mi pelo con su mano izquierda y bajó mi cabeza. Noté que estaba de pie y muy cerca de mí y que introducía mi cabeza entre sus piernas aprisionando aquella con estas con mucha fuerza. No podía moverme. Ya liberado mi pelo, su mano izquierda asió la cuerda que unía mi cintura con mis genitales y tiró con fuerza hacia arriba obligándome a subir el trasero hacia ella, provocándome una nueva sacudida de dolor. Pocos segundos después comenzó a descargar golpes sobre mis nalgas. Al principio con fuerza, pero poco a poco la energía de cada golpe iba aumentando. Yo contaba y decía la frase ordenada. “Gracias Mistress” a cada golpe.
Al décimo golpe me resultaba casi imposible encajar más. Ella pegaba cada vez mas fuerte como si no provocase sufrimiento con ello. Noté que disfrutaba. Me retorcí e intenté dejarme caer al suelo loco de dolor, al tiempo que imploraba piedad alegando que no podía más.
Mistress Ana paró y soltó mi cabeza. Pensé que la había convencido de mi situación. Quedé en suspenso unos segundos. La oía moverse pero no podía saber qué hacía. De repente, ella apretó, con su mano, con fuerza mi nariz taponando mis fosas nasales. Tuve que abrir la boca y entonces algo entró en mi boca forzado por su otra mano. Era una tela suave, quizá nylon o algo parecido. Me soltó la nariz al tiempo que seguía forzando, con su mano, la tela en mi boca. No cabía del todo, me ahogaba. Ella me dio una pausa para seguir después con el amordazamiento. Hábilmente empujaba de aquí y de allá llenando mi boca completamente con el nylon. Entró casi toda la tela y una vez conseguido me obligó a cerrar la boca todo lo que pude. Finalmente, mi boca se quedó ligeramente abierta y repleta del nylon.
Después oí un ruido inconfundible. Mistress Ana estaba desenrollando cinta de embalar, esparadrapo o algo así. Noté como aplicaba dos tiras de esparadrapo ancho, en aspa, sobre mi boca taponada y se cercioraba de que pegaba. Después noté como enrollaba alrededor de mi boca ya amordazada una venda elástica a la que daba vueltas y mas vueltas. Cuando hubo acabado, no podía casi ni respirar. Me asfixiaba y notaba mi cara momificada..
M: Esclavo, no me gusta que me interrumpan, con quejidos, cuando imparto disciplina. Comienzo de nuevo. Los azotes anteriores no cuentan. Si me interrumpes de nuevo y vuelves a abortar mi clase, volveré a empezar desde cero aunque tu piel se rompa. Si has entendido, dí que sí con la cabeza.
Yo asentí con la cabeza, en medio de mi obscuridad y de mi silencio. Mistress Ana repitió la operación de aprisionado de cabeza y comenzó de nuevo. Yo me resigné. Tanto me dolía el trasero que no pensaba en mis brazos, que con la falta de riego sanguíneo se iban durmiendo, o en mis genitales que ardían por la múltiple mordida. Desee fervientemente que acabase cuanto antes. Me quedé inmóvil y traté de resignarme.
Una nueva tanda de azotes cayó sobre mis nalgas. Todos fueron muy fuertes. Dolían lo increíble. Sin embargo, algo se activó en mi cerebro. Comencé a disfrutar al sentir que me estaban forzando a sufrir y que mi Ama no se detenía por mis quejidos. Mi pene se ereccionó, por entre sus ataduras, a pesar del dolor en la zona genital, a causa de este ejercicio de posesión y una especie de anestesia mental empezó a operar en mi cerebro. Los golpes dolían terriblemente pero mi mente empezaba a controlar sus efectos.
No sí se me dio treinta azotes o mas. No pude contarlos. Enloquecía de dolor físico y de placer mental. Aguanté. Cuando se hubo despachado a gusto me “descabalgó” y me relajé un poco. Ella reparó en mi pene erecto y me dijo:
M: “¿Esclavo, te he autorizado esa erección?”.
E: “MMMMMmmmmmmm”.
Mistress Ana retorció mis pinzas genitales con fuerza y sin compasión y creí que mi cabeza iba a estallar de dolor. Mis gritos se ahogaban en mi mordaza.
E: “MMMMMMMMmmmmmmmmmmm”.
A partir de ahí, me soltó las esposas, me desató las manos y los codos, después las rodillas, los tobillos y la cuerda genital. Mis brazos estabán entumecidos y dormidos por el “bondage”. Me ordenó entonces tumbarme en el suelo y abrir las piernas y comenzó a quitarme las pinzas de pechos y genitales una a una. No podría explicar lo que duele que te quiten una pinza, metálica o de madera, después de estar mordiendo tu carne y piel durante mas de treinta minutos. Te vuelves loco de dolor. Ella me amenazó con dejármelas puestas si me movía. Una vez más aguanté. Me dejó descansar tumbado en el suelo. No me quitó ni la venda ni la mordaza.
Allí pasé unos diez minutos más. Estaba un poco mareado y mi cuerpo ardía. Debía llevar en casa de Mistress Ana una hora aproximadamente. Cuando ella consideró que había descansado lo suficiente, me habló.
M: “Esclavo, tienes más trabajo. ¿Sabes cual es tu próxima clase?”.
E: “MMMMMMMmmmmmmmm”.
M: “Voy a comenzar por tu cambio de sexo. Me gustarás más como esclava que como esclavo. Además, serás mi puta y mi criada. Tendrás que aprender a comportarte o lo sentirás”.
Me quitó la venda. Mis ojos procuraban adaptarse a la luz de nuevo.
M: “Levántate”.
Lo hice con dificultad. Me señaló uno de los cuartos del apartamento.
M: “En ese cuarto tienes todo lo que necesitas como criada. Vístete. Tienes 10 minutos”.
Me dirigí amordazado y vacilante a tal cuarto. Entré y vi, en un rincón, unos zapatos de super tacón negros para travestí, es decir de tamaño grande, delantal y cofia blanca, guantes blancos, peluca morena. Me vestí y tardé mas de 10 minutos. No me mantenía en pie con los zapatos. Perdía el equilibrio. Me ví en el espejo. Me veía ridículo con todo, en especial con la peluca y amordazado. Salí al salón. Mistress Ana estaba fumando. Bajé la mirada.
M: “¿Cuanto tiempo te dije, esclava?”
E: “MMMMMMMMMmmmmmmmmm”.
M: “Te dije 10 minutos y has empleado 15”.
E: “MMMMMMMmmmmmmmmmm”.
M: “Veo que no entiendes la palabra DISCIPLINA. Habrá que insistir en ella”.
Creí que iba a azotarme más pero no fue así. Terminó su cigarrillo, se levantó y cogió un collar ancho de cuero, con una anilla en su parte posterior, que puso y apretó alrededor de mi cuello cerrándolo con una hebilla. Acto seguido, se puso dos guantes sanitarios de latex, cogió un preservativo y lo abrió. Después, tomó un pene - consolador acabado en un tubo y una bomba de inflar, de su mesa de útiles sado y lentamente cubrió el pene artificial con el preservativo. Después hundió sus dedos enguantados en un tarro con vaselina la cual esparció sobre el preservativo que cubría el pene artificial Después me ordenó:
M: “Esclava, inclínate sobre esa mesa”.
E: “Mm”.
Caminé con dificultad hacia la mesa que me indicaba Mistress Ana. Me incliné sobre ella. Ella me forzó a apoyar todo mi torso sobre su superficie. Después me esposó las manos a la espalda y elevó mis muñecas hasta que pudo enganchar mis esposas a la anilla de mi collar con un mosquetón. Después me obligó a abrir las piernas al máximo. Noté como untaba mi ano con vaselina y como la introducía en el ano ayudándose de su dedo indice enguantado.
M: “Ahora, esclava, relájate y no te muevas ni un milímetro.
Mistress Ana apoyó el pene artificial en mi ano y comenzó a empujar y a introducirlo. El pene comenzó a entrar poco a poco. Ella lo introdujo todo lo que pudo hasta que el dolor comenzó a serme insoportable. Gemí.
E: “MMMmmmmm”.
Mistress Ana cedía en su presión y hacía retroceder el pene artificial para enseguida volver a penetrar. Yo me relajaba y sufría el dolor en aumento con las idas y venidas. Mi esfinter se iba dilatando. Finalmente, ella dio un empujón final y el pene entró hasta el cuello límite. Me dolió pero menos de lo que yo imaginé. Mistress Ana lo hizo expertamente y se lo agradecí en el alma.
El pene quedó bien introducido en mi ano y el tubo y la bomba colgaban. Mistress Ana me ordenó incorporarme. Cogió un cinturón de castidad de cuero que comenzó a colocarme en mi vientre. Tenía la clásica forma de V con correa-soporte ancha en la cintura y lados de la V bajando por los costados y uniéndose en una correa única en la zona inferior. La correa que bajaba por entre mis genitales, permitía la salida al exterior de mi pene a través de una anilla ancha y, en la parte baja de la V, tenía una cerradura y un agujero para permitir el paso a su través del tubo del pene inflable. Todo quedó ajustado y muy apretado. La correa que pasaba entre mis piernas empujaba mi pene hacia adentro y no le dejaba movimiento alguno. La cerradura a la altura de los genitales aseguraba todo el conjunto.
Mistress Ana comenzó a inflar el pene. Diez pulsaciones fueron suficientes para sentir como un monstruo crecía en mi interior provocándome un fuerte dolor interno.
Mistress Ana me soltó las esposas del cuello y me las esposó delante. Me colocó mejor la peluca y el delantal descolocados por mis contorsiones sobre la mesa. Me hizo colocarme de espaldas a la pared. Allí, con su fusta, me enseñó como debía tomar la postura de una señorita. Barbilla alta, mirada baja, hombros y espalda erguidos, rodillas estiradas, pies juntos, etc. Después me enseñó a caminar. Debía hacerlo como una mujer, moviendo las caderas e imaginándome que mis zapatos seguían una línea recta enfrente de mi cuerpo y haciendo que éstos no se separasen de esa línea recta.
Extendió una cuerda de lado a lado del salón que sería mi referencia al avanzar y me colocó un libro encima de la cabeza para obligarme a caminar con elegancia. Me advirtió que no lo dejase caer por ningún motivo.
M: “¿Estas lista, esclava?”.
E: “MMmm”.
M: “Camina”.
Comenzé a caminar. Mi recto me dolía y me dificultaba la postura erguida. Las esposas uniendo mis manos por delante no ayudaban precisamente. Me esforcé. Intenté hacer lo que ella me decía pero era difícil. El libro se cayó una vez.
M: “Esclava, parece que no me has entendido”.
Mistress Ana agarró la bomba de inflar el pene y la apretó 5 veces. Me encogí de dolor y creí que reventaba. Con su fusta me golpeó, con fuerza, el trasero varias veces.
M: “¡Ponte derecha, puta, coge el libro y póntelo en la cabeza!”.
Me agaché como pude y con las manos esposadas así el libro y lo coloqué sobre mi cabeza de nuevo. Vuelta a empezar. Seguí caminando. El libro se siguió cayendo. Mistress Ana no infló mas el pene pero si arreció en sus castigos. Las sucesivas veces no usó la fusta sino un látigo corto de 8 colas de cuero con el que golpeaba sin recato mis nalgas, muslos, genitales y espalda.
Me agachaba y me levantaba con gran dificultad. Perdí el equilibrio un par de veces y ella me ayudó a no caer. Al cabo de un rato, Mistress Ana decidió acabar la clase de “servicio doméstico”, como la llamó. Me quitó las esposas y el collar. Me desinfló el pene y me ordenó arrodillarme e inclinarme. Agarró la cabeza del pene y después de removerlo un poco para despegarlo de la cavidad, lo extrajo. Me dolió mas que la penetración. Emití otro:
E: “MMMMMMMMMmmmmmmmmmm”.
Me ordenó incorporarme y dándome frente me quitó las esposas y la mordaza. Mis mandíbulas estaban entumecidas por el forzamiento. Mi boca estaba seca. Me ordenó quitarme todas las ropas de mujer excepto las medias que eran mías y entrar después en el cuarto de baño y vestirme con mis ropas de hombre, sin olvidar las bragas de mujer que allí habían quedado. Salí. Mistress Ana estaba sentada en un sillón. Me ordenó colocarme a cuatro patas delante de ella. Con su fusta me acarició y levantó la barbilla.
M: “Esclavo, por hoy he terminado contigo. Te vas marcado para que te acuerdes de mí. Quiero que me des las gracias lamiéndome y besándome las botas y que después de vayas sin mirar atrás. Recuerda que cada vez que vengas deberás vestir tus medias y tus bragas de mujer-esclava. ¿Has entendido?”.
E: “Sí, Mistress”.
Cumplí lo que me había ordenado. Lamí sus botas con devoción y a una señal suya me incorporé. Ella me tendió su mano para que la besase lo que hice con infinito respeto. Después, ella hizo un gesto para que me levantase y me marchase. Lo hice y me marché sin mirar atrás. Ha pasado un mes desde esta experiencia y el dolor hace mucho que desapareció. Lo que no ha desaparecido es la huella que el castigo y dominación de Mistress Ana ha dejado en mi mente. Sé que volveré para seguir explorando en el cosmos masoquista que llevo dentro y espero sinceramente seguir contando con la confianza de Mistress Ana.
Esclavo Miguel